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15 diciembre 2008

Capítulo XXXI: Punto aparte

Después de deambular todo el día por la ciudad de Castro llegó el momento de partir al terminal de buses. Ya no tenía la tristeza de cuando entré a Puerto Montt. Esta vez estaba tranquilo y muy conforme con esta maravillosa Travesía.

Pasaron muchas cosas, conocimos personas tremendamente interesantes, paisajes únicos y poco conocidos de Chile. Pero por sobre todo conocí a una excelente persona y amigo como lo es Carlos. Peleamos, nos reímos, nos molestamos y pedaleamos… y seguimos pedaleando… y seguramente seguiremos pedaleando.

Los terminales son tristes y nostálgicos ya que muchas veces son sinónimos de despedidas y separaciones, pero también los hay alegres cuando son de reencuentros y reconciliaciones. Y así sería la llegada a Santiago, por un parte me separaría de Carlos, pero por otra me reencontraría con mi familia, dos situaciones que provocan sentimientos encontrados. La verdad es que me encanta viajar, pedalear y ser un trotamundos, pero por ahora creo que ya hay suficientes kilómetros en el cuerpo y ya es hora de que mi bicicleta descanse hasta la próxima aventura.

Nuestras bicicletas viajaron desarmadas como es habitual, con la venia y la cara llena de risa del auxiliar del bus, quien intentó infructuosamente hasta el último minuto persuadirnos para enviarlas por encomienda, con la falsa excusa que no cabían en el maletero. Yo aún no sé cual es el fenómeno que se produce entre los auxiliares de bus y las bicicletas, y creo que nunca lo sabré.

Después de una noche arriba del bus, desandando todos los kilómetros que recorrimos en un mes a punta sudor y esfuerzo, llegamos a Santiago.

Ya no quedaban más aventuras que contar, bajamos del bus y era el momento de despedirnos. Esta bitácora comenzaba a cerrar sus páginas para ser guardada en un polvoriento lugar donde seguramente nunca más verá la luz.

Antes de poner el punto final Carlos grita “¡mis bolsos!”. El bus ya se había marchado y el muy pelotudo no bajó su equipaje que tenía arriba. Y como no tenía cédula de identidad, debí perder toda la mañana rescatando su equipaje.

Aunque uno quisiera poner el punto final, siempre quedan aventuras por contar. Mejor diré, hasta pronto, punto aparte.

01 diciembre 2008

Capítulo XXX: Pedalenado con un desconocido

El sol nuevamente alumbraba y calentaba esta Travesía. Mientras desayunábamos veía que el tráfico por la carretera era constante y lleno de camiones y buses, hecho que me tenía un tanto preocupado, considerando que el camino estaba en pésimas condiciones y carecía de berma. Deberíamos extremar las precauciones y mantenernos unidos como nunca en este tramo. Mis cálculos estimaban que en cerca de una hora estaríamos en la plaza de la última ciudad que visitaríamos en esta Travesía: Castro.

Comenzamos a montar todo arriba de nuestros vehículos. Siempre lo hacíamos en silencio, concentrándonos en meter cada cosa en cada espacio, sin dejar nada abajo ocupando hasta el último rincón de nuestras alforjas. Era un reto que debíamos sortear día a día, pero con el correr del tiempo esta práctica comenzaba a hacerse más fácil.

Cuando ya nos aprestábamos a pedalear, veo en Carlos una cara de preocupación y una actitud de búsqueda en todo el sector donde alojamos. Al parecer algo se le había perdido. En un comienzo creí que buscaba basura para no dejarla botada, como acostumbrábamos a hacer todas las mañanas, pero la verdad es que buscaba algo personal, algo de su equipaje no aparecía. Carlos me comenta que no lograba encontrar su banano, bolsito pequeño de cintura donde llevaba todos sus documentos personales, alguna que otra cuenta y un monedero sin un céntimo. Este hecho era preocupante, Carlos estaba perdiendo lo último que le quedaba: la identidad.

Al empezar a dimensionar la gravedad del hecho, me bajó una angustia. A partir de este momento me encontraba en compañía de un ser sin identidad, Carlos ya no era Carlos y por lo tanto, me encontraba a la deriva junto a un desconocido. Estaba perplejo ante este escenario, no sabía si debía conversar con él o debía dejarlo solo. Se veía buena persona, algo hippiento pero con un fuerte parecido al Viejito Pascuero, parecido que le otorgaba a su imagen un aura acogedora. Aunque debo reconocer que a ratos se parecía al enano gruñón de Blanca Nieves, enano que a la larga también termina siendo enternecedor. Su imagen no me molestaba, pero seguía siendo un desconocido.

Resignado, esta persona me señala que debemos seguir, ya nada importaba. Yo no sé muy bien el motivo, pero le hacía caso a esta extraña persona. Luego de pedalear unos cuantos kilómetros, entramos a la ciudad de Castro. En eso, ante tanta gente rodeándonos, preferí entablar conversación con él para averiguar quien era y así no sentirme tan solo y desvalido.

- Señor, ¿Cómo se llama?

- ¿Qué? – me dice sorprendido, como si debiese saber su nombre.

- Pero señor, yo no lo conozco, ¿quién es usted?

- ¿Te has vuelto loco, te pegaste en la cabeza, el sol te trastornó? ¿Qué te pasa Felipín?

- ¿Y usted cómo sabe mi nombre? Muéstreme su identidad.

- Pero si sabes que la he perdido… Ahora entiendo, ya no confías en mí por no tener identidad. Mi nombre es Carlos, ¿te parece familiar?

- Sí, es el mismo nombre de un amigo viejito que me acompañó hasta hace un momento. Que coincidencias, ¿No? Yo regreso a Santiago esta noche, ¿y usted?

- También Felipín, desde luego que viajamos juntos. No me desconozcas, no tengo identidad, pero sigo siendo el mismo viejo gruñón, hippiento y moroso… Aunque si no me conoces, ya no tendré que pagar ninguna deuda que alguna vez pensé en tener.

Rápidamente, cual deja vú fuese, me nombró las deudas contraídas y confirmé que era mi eterno amigo, el que creía que había perdido en el camino, pero que siempre estuvo junto a mí. Sin importar su identidad, volví a confiar en que él, era él.

15 noviembre 2008

Capítulo XXIX: La triste noche que derrumbó la Travesía

La noche se hizo eterna desde el momento en que decidimos pedalear en la oscuridad. Pedalear de noche no era nuevo en esta travesía, aunque ahora las condiciones eran bastante particulares. La luna llena estaba vacía, la berma ausente, el pavimento resquebrajado y con profundas grietas, las luces sin pilas y Carlos sin paciencia. En resumidas cuentas, las condiciones distaban mucho de ser las óptimas.

Un pequeño foco que logró sobrevivir con batería desde Santiago a Chiloé era todo lo que teníamos para guiarnos en el camino. Con Carlos respirando en mi oreja continuamos rumbo al sur. El silencio se instaló entre nosotros, olvidándonos por completo el uno del otro. Pasaron los kilómetros y en el instante en que le quise hablar, ya era demasiado tarde. Carlos no se veía por ninguna parte, cada uno se encontraba perdido en el medio de la isla sin saber la distancia que nos separaba. Lo único que nos diferenciaba era el pequeño foco que aún tenía en mis manos.

Mi entorno estaba en la más absoluta quietud, un hoyo negro era lo único que se distinguía al final del camino y las horas transcurrían sin siquiera notarlo.

Sentado en medio de la nada extrañando profundamente a mi compañero se me pasó gran parte de la noche. Mirando aquel hoyo negro al final del camino, finalmente logré distinguir un pequeño brillo acercarse hacia mí. Pensé que era fruto del sueño que me estaba consumiendo, pero no. Pasado unos eternos minutos, Carlos llegó a mi lado. En su cara se reflejaba cada hoyo y cada una de las grietas que no pudo sortear por la falta de luz.

Yo estaba feliz por volver a encontrarme con él, pero al mismo tiempo preocupado por su reacción, ya que no era capaz de emitir comentario. Sus ideas y sentimientos debí buscarlos en su rostro. Se veía enojado y muy adolorido. Poco a poco comenzó a quejarse del dolor en las muñecas, los riñones, la espalda completa y el trasero. Yo estaba íntegro ya que había logrado esquivar los baches del camino, pero debí fingir alguna dolencia para hacer causa común con él y así evitar que su enfado aumentara. Pero eso no era todo, ya que transmitía una profunda tristeza que no lograba entender.

Buscamos un lugar para armar la carpa y dormir lo que restaba de la noche, que a esas alturas ya no sabíamos realmente cuanto quedaba, me sentía en medio de un túnel del tiempo del cual no sabía como salir.

Cuando ya nos disponíamos a dormir comencé a sentir un murmullo. Pensé que Carlos estaba rezando, pero pronto recordé que era ateo. Puse atención y escuché como Carlos, hablando en sueños, relataba su amarga experiencia:

- Pedalea despacio, no olvides que tú eres el ser iluminado de esta noche. Yo iré pegado a ti y deberás avisar cuando aparezcan los hoyos. Felipín no te apures tanto, me duelen las piernas, no te puedo alcanzar, no puedo gritarte ya que estás muy lejos y me falta el aliento… ¡Felipín! Mientras desaparecía mi estrella fugaz, los golpes que me daba el camino comenzaban a martirizarme. ¡Ya no aguanto, me duele!

Me embargo una profunda pena el oír su historia. Me sentía el responsable de sus tormentos por lo que estallé en un desconsolado llanto. Al despertar debía disculparme con Carlos y lo haría llevándole desayuno al saco de dormir.


02 noviembre 2008

Capítulo XXVIII: El lenguaje de las señas

Aplanando las calles de Ancud conocimos algunos turistas que sintonizaron plenamente con nosotros. Y era que no, si también eran cicloturistas. Yo creo que sólo por eso sintonizamos, ya que de todos los que vimos ningunos hablaba español y el precario inglés que aprendí en el colegio (estoy seguro que debí haber repetido de curso por este ramo) de nada sirvió ante un par de alemanes y un suizo. Carlos con una personalidad y un ingenio impresionante me hizo una seña y me dijo “déjamelo a mí”. Pensé que comenzaría a hablar algún idioma afín con nuestros nuevos amigos, pero nada. Comenzó a mover los brazos, a aletear como pájaro y moverse como simio, al tiempo que lograba desatar las carcajadas de nuestros nuevos amigos. Carlos, sacando pecho, me señala que ya se estaban entendiendo y que los tipos eran muy simpáticos. Yo la verdad es que lo puse en duda, y a juzgar por la cara de los tipos, diría que se estaban riendo de Carlos por lo estúpido que parecía moviéndose de lado a lado. Esto pudo ser simpático, pero Carlos se creyó el cuento y cada vez que aparecía un gringo (aunque en realidad bastaba con alguien rubio, aunque fuese de peluquería) se comenzaba a mover como simio discurseándome sobre el lenguaje universal de las señas. Yo creo en las señas como una forma universal de comunicarse, pero a Carlos, claramente no le estaba resultando.

Ante el espectáculo de Carlos, tuve que tomarlo de un brazo y enérgicamente solicitarle seguir camino a Castro, ciudad ubicada en la mitad de la Isla de Chiloé. Estábamos a medio camino cuando al frente nuestro se observa una pareja de cicloturistas en la misma dirección nuestra. Yo ya no quería saber nada más de señas, pero no alcancé a decírselo a Carlos cuando ya le habíamos dado alcance a la pareja y Carlos saltaba sin ningún sentido a orillas del camino. Sólo podía poner cara de “lo siento, no es mi culpa”. La pareja estaba atónita, no atinaba a decir nada y la comunicación no fluía. Entre toda esta confusión, pude darme cuenta el esfuerzo que hacía él llevando en su espalda a su pequeña hijita de tan solo unos meses y el por qué se encontraban detenidos. Mientras Carlos saltaba y gimoteaba, la señora buscaba entre sus cosas una mamadera, agua que llevaba en un termo y la leche que necesitaba el bebé. Yo estaba impresionado, el esfuerzo que estaban haciendo y lo aguerrida de su actitud me hacían sacarme el casco ante ellos.

Una vez que el bebé se terminó de hidratar como buena deportista, todos estábamos en condiciones de seguir el viaje. Yo algo raro notaba en ellos, como que a ratos me había parecido oír palabras en un muy perfecto español, por no decir chileno. No quise pasar por alto ese detalle:

- ¿De dónde son? – les pregunté sin rodeos.

- Puerto Montt.

- Que bien, son los primeros chilenos que nos topamos en esta isla. Debo felicitarlos por su hazaña. Yo dudo mucho poder andar con un bebé en la espalda – expresé alegre y sincero.

- Es cierto, es algo un tanto sacrificado, pero el amor por el ciclismo hay que transmitirlo desde la cuna – nos señalaron sonrientes.

- ¿Por qué no nos habían hablado durante este rato?

- Porque el señor nos dio un poco de susto, pensamos que le estaba dando un ataque epiléptico.

Al oír sus palabras, miré a Carlos y no pude más que largarme a reír, risa que se contagió a todos incluida Matilda, cómodamente apoyada en la espalda de su padre.

15 octubre 2008

Capítulo XXVII: A la Isla Grande de Chiloé

Dejando la nostalgia de lado, amanecimos con el mismo entusiasmo que teníamos hace un mes atrás antes de salir de Santiago. Estábamos alegres, queríamos conocer la ciudad para ya en la tarde pedalear a la Isla Grande de Chiloé.

Recorrimos lentamente las calles de Puerto Montt dirigiéndonos al sector de Angelmó. Como el presupuesto era escaso sólo nos paseamos por las afueras de restoranes y puestos de “variedades y recuerditos”. Pero como también debíamos alimentarnos, compramos en la caleta algunos mariscos que preparamos en la costanera de la ciudad con la hermosa vista a la espectacular regata que se corría en ese momento. La verdad es que el almuerzo estuvo muy bueno y energizante. Yo sentía algo rico que me recorría el cuerpo y me daban ganas de pedalear y pedalear, Carlos decía que ese efecto se llamaba afrodisíaco y que algún día lo llegaría a entender.


Aprovechando este ímpetu por pedalear, comenzamos a dejar atrás la ciudad para acercarnos a Pargua, lugar de embarque hacia la isla.


Cuando aún las energías no amainaban, vislumbramos en el frente dos ciclistas del sexo opuesto deseando un sorbo de agua. Llegamos oportunamente y comenzamos un amistoso diálogo que nos llevó hasta sus hogares. Carlos estaba radiante, no sé si por los mariscos, las chicas o ambas cosas. Hermosas y de pronunciadas curvas eran las lomas que circundaban Panitao Alto, nombre del pueblo donde vivían las chicas. Desde allí se divisaba a lo lejos la ciudad de Puerto Montt.


Carlos quería quedarse en ese lugar aprovechando la calidez del recibimiento, pero yo impacientemente comencé a apurar nuestra partida para llegar de una buena vez a la isla. A regañadientes Carlos se subió a su bicicleta, se despidió de las chicas y un par de horas más tarde ya estábamos a bordo del trasbordador.


Con tanta vuelta, desvío y vida social se nos había hecho de noche. Los trajes de ciclistas apenas servían para contrarrestar el fuerte viento helado que azotaba la cubierta del trasbordador. Los lugareños se reían de nosotros al ver nuestra piel erizada y los mocos que salían y salían sin interrupción. Yo no sé que le encontraban de chistoso, si para nosotros era una gran desgracia, incluso Carlos parecía alcohólico con la nariz roja, algo así como Rodolfo el reno.


Al desembarcar y pisar por fin suelo chilote, le cuento a Carlos, sin darle mucha importancia, que era posible haber cruzado el canal de Chacao al interior de la cabina de la barcaza que se encontraba bastante más abrigada. Carlos me plasmó una mirada seca en la que entendí que mi comentario no había sido muy feliz. Sólo atiné a decir “lo siento, es que pensé que querías ver el paisaje”, paisaje por cierto oscuro y donde apenas se lograba divisar el agua que cruzábamos. Carlos debe haber deseado estar bien abrigado en Panitao Alto sin tener que depender de mis desaciertos.


Pero bien, como dice el dicho “al mal tiempo, buena cara”, y bien buena cara que debíamos tener, ya que sumado al frío reinante se aproximaba un temporal que seguro duraría toda la noche.


01 octubre 2008

Capítulo XXVI: Último kilómetro

Este día de viaje iba a ser uno de los más especiales de la Travesía. No sólo las relaciones con Carlos andaban excelentes, ni que la cantidad de kilómetros a pedalear eran pocos, ni por la cantidad de ciudades que visitaríamos, sino que más bien este sería el último día de la Travesía. Así es, tal como lo planeamos en Santiago, durante las horas de la tarde estaríamos ingresando a la ciudad de Puerto Montt, última escala antes de regresar a casa.

Carlos lavó ropa temprano por la mañana, preparando su mejor tenida para el reencuentro o mejor dicho su reconciliación con su esposa. Yo desarmé el campamento, doblando bien la carpa y el saco de dormir, con la convicción de que no los volvería a desempacar en mucho tiempo.

Con ese ánimo rondando nuestras cabezas, abandonamos Frutillar. El pedaleo fue calmo, constante y con un gran recogimiento por parte nuestra. Pasaron lentamente las horas del día y las ciudades bajo nuestras ruedas. Llanquihue y Puerto Varas fueron parte de los pueblos visitados. En Puerto Varas quisimos entrar al casino, pero nuestras calzas, tricota, sudor y los calzoncillos colgando de la bicicleta de Carlos esperando ser secados, fueron el motivo de rechazo de un séquito de guardias vestidos de terno y comunicados por walkie talkie que nos corretearon por toda la ciudad.

De Puerto Varas, sólo nos restaban menos de veinte kilómetros. Veinte kilómetros de pedaleo, pero también de recuerdos, experiencias, anécdotas, conflictos y todo lo que un viaje y convivencia de casi un mes puede acarrear. Entrar a la ciudad de Puerto Montt fue de lo más trágico. Sentí que moría, ya que al descender hacia la costanera se me pasaron por la mente los mil y tantos kilómetros andados, sentí que recorría el último tramo de esta Travesía como todos alguna vez recorreremos la Avenida La Paz con nuestro mejor traje de madera.

Estaba triste, pero también alegre y orgulloso de haber alcanzado la meta planteada. No quería regresar a Santiago, el sur de Chile es hermoso y dan ganas de seguir en un pedaleo eterno.

No sabía que pasaba por la mente de Carlos, pero también le daba curso a los pedales con una nostalgia plasmada en el rostro. Fueron muchas cosas vividas y muchas otras vendrán por vivir. Estoy seguro que las que estábamos por vivir eran las que más preocupaban a Carlos. Aún no lograba una reconciliación con su enamorada, lo que al llegar a Santiago lo dejaría a la deriva. Además, sus deudas conmigo habían terminado por hipotecar su vehículo y equipaje quedando en el más absoluto desamparo. La verdad es que por donde se le mirase nuestros ánimos no estaban para celebraciones. Queríamos más, más pedaleo, más aventuras y más paisajes.

Paramos en la plaza de la ciudad, nos miramos y sabíamos perfectamente que compartíamos nuestras ideas… Sólo un silencio largo y profundo nos unía. Pasó un rato y decidí tomar la palabra para proponer continuar el viaje. Como buena banda de rock decidimos seguir con el espectáculo. Puerto Montt sería nuestro falso final y el bis de este concierto sería la ciudad de Castro, en el centro de la Isla de Chiloé.

Nada estaba concluído y al menos por un par de días seguiríamos armando campamento, seguiríamos pedaleando, seguiríamos conociendo ciudades, personas y culturas. Aún no estaba pedaleado el último kilómetro.

15 septiembre 2008

Capítulo XXV: Nirvana, sitio al que no fui invitado

Despertamos a pocos kilómetros de la ciudad de Osorno por lo que rápidamente estábamos tomando desayuno en su plaza de armas. Tranquilamente paseamos por sus calles impregnadas de ese olor a leña tan característico del sur de Chile. La mañana estaba fría, las chimeneas humeantes y el cielo cubierto en un tono gris que no dejaba pasar los rayos solares. Entre tanta vuelta fuimos a dar a la “Feria Libre El Rahue”, suerte de mercado que vendía de todo lo imaginable para comer. El fuerte color de sus frutas y hortalizas le daban la alegría que le hacía falta a aquella mañana. Compramos frutas, queso, concentrado de jugo y un sinfín de cosas que apenas pudimos guardar.

La salida de Osorno fue en dirección al lago Llanquihue, exactamente hacia el pintoresco pueblo de Puerto Octay.

Ya en Puerto Octay le comento a Carlos que de acuerdo a la hora y los kilómetros faltantes, estábamos de suerte. Al menos así lo pensé yo. Le dije que estábamos justo en la fecha en que se celebran las tradicionales “Semanas musicales de Frutillar”, pueblo situado también en la orilla del lago. Con esta noticia creí haber dado un golpe anímico a la Travesía que nos llevaría a vivir una de las experiencias más inolvidables de este viaje, al menos desde el punto de vista cultural y social. Pero me equivoqué rotundamente.

Carlos se mantuvo en silencio contemplando la vista al lago. Yo estaba muy ilusionado con oír algo de música y más aún en aquellos hermosos parajes. Según mis cálculos debíamos partir después de almuerzo rumbo a Frutillar si queríamos llegar al concierto. Llegado el momento, Carlos se mantuvo en silencio y sin siquiera hacer un gesto que indicara que estaba dispuesto a partir. Cuando por fin nos pusimos en marcha y sin diálogo de por medio, me percaté que mi compañero no tenía intención alguna de apurar el paso, cosa que quedó en evidencia al momento de salir de Puerto Octay a través de una cuesta que el muy cretino la subió a pie.

El trayecto se transformó en todo un parto. Yo intentaba ponerme frente a él para cortarle el viento y marchar más rápido, pero se quedaba atrás sin mediar esfuerzo alguno por apurarse. Intenté en reiteradas oportunidades preguntarle que le ocurría, pero el silencio seguía presa de él. Yo estaba cayendo en la desesperación, quería zamarrearlo, cachetearlo e incluso botarlo de la bicicleta con tal de que reaccionara. Mi compañero literalmente se amurró y ni el más delicioso de los caramelos lo hubiese sacado de ese estado. Poco a poco comencé a renunciar a mis “Semanas musicales de Frutillar”.

Al llegar a Frutillar la música ya iba en retirada. Fue en ese instante cuando se me ocurre invitar a Carlos a comer kuchënes, alfajores y otras cuantas delicias alemanas, por cierto, características de la zona. Mágicamente, al igual que un niño que recibe un helado, Carlos me volvió a hablar, se reía y todo había vuelto a la normalidad. Por fin pude escuchar las respuestas que en una tarde completa de pedaleo en el más absoluto silencio había alcanzado a imaginar. Simplemente Carlitos no quería ir a escuchar música y entró en un transe de meditación al que, por supuesto, no me invitó. El pelotudo no fue capaz de decírmelo a la cara y por lo tanto debí aguantar toda una tarde de impotencia y lucha contra un ser que no se encontraba en esta tierra, sino que en el lejano nirvana.


01 septiembre 2008

Capítulo XXIV: Lluvia vete ya

En eso íbamos, subiendo una pequeña cuesta, cuando se escucha: “pitsss…” Mire hacia mis ruedas y estaban intactas, por lo tanto ante la ausencia de cualquier otro vehículo en muchos kilómetros a la redonda, rápidamente concluí que otra vez Carlos había pinchado una rueda. Y así fue. El trámite de cambiar la cámara no debía durar más de diez minutos, sin embargo no quedaban cámaras en buen estado y por lo tanto debíamos comenzar el proceso de parchado. Primero, desmontar el equipaje que de por sí es toda una proeza por la cantidad de amarras y cachivaches sueltos que cuelgan de la parrilla, y luego sacar la cámara y comenzar la tarea de encontrar el pinchazo que, para fortuna o desgracia, era ínfimo. Fortuna porque no costó nada parcharlo, bastó con un pequeño parche. Desgracia porque tardamos más de veinte minutos sólo buscando ese ínfimo orificio. Y como es rutina, primero la lija, luego el pegamento, el tiempo que demore en secar, pegado y prensa, para finalmente volver todo a montar.

Fue en el proceso de secado cuando comenzaron a caer nuevamente gotitas de agua, que rápidamente fueron goterones y finalmente una copiosa lluvia que terminó por mojar hasta el más escondido de los pensamientos. Pero no todo estaba dicho, faltaban los granizos, que sin un techo donde guarecerse era preferible perderse semejante espectáculo. Con el casco puesto pudimos proteger la cabeza, pero la espalda sufrió un fuerte masaje que me hizo recordar los duros caminos de ripio que alguna vez debimos cruzar. En medio de la tormenta logramos montar la bici de Carlos y partir. La tormenta parecía diluvio y nosotros unos completos gatos mojados. Los autos pasaban al lado nuestro tirando agua y tocando la bocina, no sé si para saludarnos y para refregarnos en la cara el ridículo que estábamos haciendo.

Llegamos a Paillaco con la idea de comer en algún boliche y conseguir un techo donde cambiarnos nuestra ropa mojada por algo seco y abrigado. Mientras comimos hicimos una suerte de rezo esperando que parara aquella infernal lluvia. El dueño del local nos dijo que nunca se sabía del tiempo, ya que cambiaba en cualquier momento y se podían tener las cuatro estaciones del año en un mismo día. Ante eso, nosotros comenzamos a esperar, al menos, la primavera.

La lluvia había amainado por lo que era el momento de seguir. En Paillaco debimos salir por primera vez a la ruta 5 para continuar hacia Osorno, ya que la alternativa de ripio la habíamos descartado. Mientras buscábamos un lugar para alojar a la orilla del camino, paramos en un local a comprar provisiones. Al lado de nosotros había un vehículo que traía puesto un disco de Barney para entretener a los niños.

Continuamos buscando sitio bajo un cielo amenazante y recordando la canción de los niños: “Lluvia vete ya, otro día regresarás, ahora queremos jugar, lluvia vete ya”


15 agosto 2008

Capítulo XXIII: Tirando el poto pa' las moras

Rápidamente huimos de nuestro camping, ya que a no más de tres metros había un cartel que decía: “Prohibido acampar”, cartel que con la oscuridad de la noche no vimos o no quisimos ver.

Al desayuno habitual le agregué un sándwich de pan amasado que teníamos hace algunos días junto a un queso que ya pedía a gritos ser afeitado. El pan lo encontré algo pesado, duro y con un leve sabor a rancidez, pero no le hice caso y me lo comí todito.

El camino era muy bello y agradable, potenciado por la suavidad del asfalto. Bosque nativo, bandadas de pájaros, moras por doquier y muy poco movimiento eran los ingredientes adecuados de la ruta que nos llevaba a San José de la Mariquina.

Sin embargo, no alcanzamos a andar media hora cuando una indigestión fulminante se apoderó de mí. Ese desayuno tan especial me estaba pasando la cuenta. Intentaba apretarme contra el sillín pero nada daba resultados, por lo que a la orilla del camino debí tirar, por primera vez en el viaje, el poto pa’ las moras. Era horrible, mi organismo se estaba descomponiendo, el vaho pestilente me tenía lleno de moscas y más encima debía hacer malabares para no perder el equilibrio y caer sobre las zarzamoras. Carlos miraba con incredulidad la palidez de mi cara al incorporarme. Sólo lo miré, tragué saliva y continuamos.

A San José llegamos sin antes detenernos dos veces más por mis problemas estomacales. Comer se había transformado en un verdadero desafío, debiendo controlar la nutrición y el control de la indigestión. Galletas de soda, sémola sin salsa y mucha agua fue mi dieta en dicho lugar. Pero al mal tiempo buena cara, y seguimos rumbo a la ciudad de Valdivia.

A una hora de pedalear, mi estómago dijo no más, debiendo parar nuevamente en medio del camino para desocupar lo poco y nada que había en mis intestinos. Era algo demasiado desagradable. El camino por el que transitábamos sí que tenía una alta afluencia de público y, cuando creía que nadie me veía, pasó frente a mis ojos un bus lleno de turistas que tomaban fotografías a destajo al nativo de la zona que se encontraba desnudo y en cuclillas pregonando a algún Dios. Ese nativo por supuesto que era yo y la verdad es que sí estaba invocando a algún Dios que me daba lo mismo el que fuese, con tal de que detuviese mi indigestión.

El hecho de saber que las exquisitas galletas de soda pasan como si nada por mi organismo y el dinero con el que las compro pasa como si nada por mis manos, acentuaba mi dolor de estómago.

Después de corroboran que quedan algunos vestigios de la existencia de cisnes en la zona, llegamos a la ciudad de Valdivia. Nos alojamos en un camping con al menos la comodidad de un baño. De hecho fue lo primero que visité al llegar al lugar. Al regresar a la carpa, Carlos me tenía preparado un ungüento, unos aceites y unas cosas raras que debí tragar para tranquilizar el demonio que tenía en mi interior, como él lo había graficado. Después de unos conjuros extraños que lo hicieron poner los ojos blancos, dio por finalizada mi curación indicando que sólo debíamos esperar.

A medianoche visité el baño expulsando todo el demonio líquido que quedaba en mi cuerpo, sintiendo un alivio y una sensación de no tener que tirar más el poto pa’ las moras en lo que quedaba del viaje.


01 agosto 2008

Capítulo XXII: A la vuelta 'e la loma

Según el mapa, no debíamos estar muy lejos de nuestro próximo destino: Mehuín. Para nosotros era muy importante llegar a este pueblo, ya que dada las condiciones físicas de nuestros cuerpos y las condiciones imperantes del camino, decidimos cambiar en parte la ruta llegando hasta allí nuestro peregrinar por caminos de ripio. En más seguiríamos por asfalto.

Nuestro despertar en Nueva Toltén fue bastante tranquilo. No teníamos apuro, sólo restaban un poco más de treinta kilómetros para llegar a Mehuín. Por la mañana nos dedicamos a labores domésticas como lavado de ropa y un buen almuerzo, aunque debo precisar que el “nos dedicamos” suena a manada, ya que el único que lavó y preparó almuerzo fue Carlos. Yo iba a comprar, tomar fotografías y disfrutar del río.

Finalmente comenzamos el pedaleo. El camino estaba igual de malo que muchos de los anteriores. Sumando además el maltraer de nuestras espaldas y riñones, los pocos kilómetros que quedaban se hicieron realmente una tortura.

Después de un buen rato pedaleando en absoluto silencio, escuchando tan solo el ruido del mar que suponíamos se encontraba al otro lado de un bosque de pinos que se cruzaba en nuestro horizonte, llegamos a una pequeña caleta con una hermosa vista al océano, que encajonada entre cerros contenía al río Queule, dicho sea de paso, mismo nombre de aquella caleta.

Todo marchaba bien, salvo porque no lográbamos vislumbrar el camino que nos debía dejar en Mehuín. Sólo se veían roqueríos y un impresionante acantilado en dirección sur que me indicaban únicamente dos opciones: nadar o volar. Comenzamos a preguntar como llegar a Mehuín y reiteradamente nos respondían: “lo siento no soy de acá”. Esta respuesta la había escuchado en más de alguna oportunidad, pero nunca pensé que en una diminuta caleta, donde seguramente no había más de un par de caminos, la gente no supiera donde se encontraba parada. Ni que hubiesen llegado por teletransportación.

Finalmente dimos con alguien que sí sabía como guiarnos y tal como lo temía, Mehuín tan solo se encontraba “a la vuelta ‘e la loma”. Deberíamos escalar esos cerros por una corta pero empinadísima cuesta que subía el cajón. Con el atardecer frente a nuestros ojos, comenzamos un lento y esforzado pedaleo. Lo que vimos arriba de la cuesta era impresionante. Teníamos toda la costa ante nuestros ojos, podíamos ver las olas romper contra el acantilado y el sol ocultarse en el horizonte. Mehuín se divisaba a los pies de la cuesta por lo que nos quedamos un buen rato contemplando ese hermoso paisaje. En ese momento respiré aliviado pensando en que todo esfuerzo bien valía la pena.

15 julio 2008

Capítulo XXI: Caminos, un amplio abanico de posibilidades

Salir hacia el sur implica cruzar un balseo sobre el Lago Budi “único lago salado de América”, que por su curiosidad vale la pena mencionar. Al bajar de la balsa, el camino se transforma en una verdadera tortura. Nuevamente aparece el ripio con bolones grandes que poco a poco van moliendo todo tipo de cálculos y cuanto haya al interior de nuestros cuerpos. Las sienes tiritaban, las muñecas se resentían y el trasero mejor no comentar. Sin embargo el paisaje ayudaba psicológicamente con sus bosques y su vista al lago.

Al dejar el lago atrás comenzamos a circular por un camino que de súbito nos dejó embancados en la arena de una playa ubicada en Punta Puaucho. No podía creerlo, el camino había llegado a su fin y nunca vi un letrero que indicara un desvío o un camino alternativo. Ya me estaba haciendo la idea de regresar para dar la vuelta completa al lago, cuando vimos a una señora morena, bajita y con sobre peso que vestía una manta de color negro y un hermoso adorno en su pecho que según nos dijo, se llamaba “Akucha”. Esta señora era un mapuche de muy buena voluntad que al vernos afligidos por la ausencia del camino se nos acercó y nos dio luces de esperanza. El camino efectivamente llegaba a la playa y lo que es más raro aún, la cruzaba hasta un extremo que no lográbamos divisar. Claramente ese tramo lo debimos cruzar a pie, arrastrando nuestros vehículos que enterraban completamente sus llantas en la arena, ya que de otra forma hubiésemos tenido que levitar. Realmente una tarea agotadora.

El camino seguía hacia Hualpín y para nuestra sorpresa nuevamente las condiciones del camino cambiaron. Nosotros realmente estábamos escogiendo la ruta de las dificultades. El camino estaba recién en proceso de mantenimiento y tenía un colchón de piedras listas para ser esparcidas y así formar el camino. Creo que ni con una moto de rally hubiese sido llevadero ese camino. Ya quería forrar el sillín con una gruesa esponja, ya que no lo aguantaba y las cremas cicatrizantes ya no hacían efectos. A estas alturas, había que decirlo, mi trasero estaba destrozado.

Finalizado este camino, fuimos a dar a otro que para fortuna nuestra tenía una huella de trumao por la orilla que los lugareños utilizaban para viajar con sus bueyes. Nos subimos a esa suerte de ciclovía y dejando una gran nube de polvo a nuestras espaldas, avanzamos rápido disfrutando la ausencia de piedras y lo suave del camino. Por primera vez en el día comenzamos a sonreír, mostrando nuestros dientes cafés de tanto tragar tierra.

Al acercarnos a Hualpín el camino de trumao se acaba, debiendo enfrentar nuevamente el ripio y como si fuera poco con un fuerte viento en contra. Las energías ya no daban más, sin embargo para entretenernos y darnos ánimo, comenzamos una carrera con la finalidad de salir luego de ese apestoso camino y distraer nuestras ideas, cosa que dio muy buenos resultados.

Finalmente, después de Hualpín el camino era asfaltado y después de once relajados kilómetros llegamos a Nueva Toltén, lugar donde descansaríamos nuestros aporreados cuerpos.

01 julio 2008

Capítulo XX: Del paraíso al infierno

El camping Los Pinos era bastante agradable. Había una extensa playa protegida del viento y un balneario ideal para aplacar el calor. Por ello y por el sentimentalismo que provocaba en Carlos el lugar, decidimos disfrutar del día haciendo actividades diversas.

Cuando el tiempo sobra y el aburrimiento comienza a dominar la jornada, las tonteras tienden a brotar. Es así como en un acto de desenfreno, tomé la “Bleu” y comencé a circular por la orilla del agua. Se sentía agradable y a la vez era muy entretenido. Sin embargo, no sólo el agua golpeaba a la “Bleu”, sino que una cantidad considerable de arena lo hacía también, por lo que una vez finalizado el paseo, tuve que hacer una limpieza en profundidad.

La limpieza fue una verdadera proeza. Como si fuera poco, al sacar una de las ruedas, se me soltó el resorte del bloqueo, cayendo en la arena de color negro, mismo color del resorte. Si sacar arena era un reto de proporciones, encontrar el resorte lo era aún más. Junto a la ayuda de Carlos, nos pusimos los dos en cuatro patas a buscar el recondenado resorte, teniendo la precaución de no mover mucho la arena, ya que era muy probable que se enterrara y no viera nunca más la luz. Ese resorte debía aparecer a como diera lugar, ya que sin él no podríamos seguir. En ese momento comencé a valorar las cosas que uno cree insignificantes en la vida, como un diminuto resorte. Finalmente apareció.

Luego de tan agotadora tarea, me puse a dormir una siesta. Al despertar todo había cambiado. Sentí haber despertado en otro lugar.

El lugar estaba poblado de veraneantes que esperaban pasar el fin de semana junto a nosotros. Nuestros vecinos más inmediatos tenían un gran revuelo. Era una familia de por lo menos diez personas, que viajaban en camión y traían consigo su tierna mascota que balaba sin cesar.

Arriba del camión había de todo. Camas, colchones, televisores y de seguro hasta una plancha era posible encontrar. Y eso que era sólo por el fin de semana. De seguro que poseían alma de gitanos. Ellos venían preparados a pasarlo en grande, cosa que nosotros no veíamos con buenos ojos ya que al parecer la noche estaría movida.

Y así fue. Con Carlos poco a poco comenzamos a sentirnos miembros de la familia. Nuestra diminuta carpa era parte del círculo que ellos utilizaban para sus desplazamientos. Asomábamos la cabeza por la puerta de la carpa y nos encontrábamos rodeados de botellas de cervezas y con el calor de la fogata golpeando nuestras caras. Ya no teníamos privacidad y mucho menos tranquilidad. Era una situación angustiante. No pudimos pegar un ojo durante toda la noche intentando afirmar los borrachos que se venían encima de nuestra carpa. Pero lo verdaderamente traumático de aquella noche fue el espectáculo que presencié entre sueños.

Salía de la carpa con intenciones de ir al baño y ahí estaba el macabro hecho, frente a frente me topé con el cuerpo del delito y un enorme charco de sangre que intentaba ser absorbido por la arena. En posición horizontal, atravesado por un fierro y abrigado por el calor de las brazas que estaban bajo él, yacía Juan Manuel, como había oído llamarlo. La mascota de los vecinos con la que tanto había simpatizado se encontraba a pedazos sobre los platos en la mesa. Lloré desconsoladamente lo que quedaba de la noche. El pequeño corderito había dejado de balar.


16 junio 2008

Capítulo XIX: El eslabón perdido entre el peatón y el vehículo

Despejando todos mis temores, logramos amanecer sanos y salvos y sin haber recibido ningún tipo de visita nocturna.

El sol brillaba con fuerza, pese a lo inestable que estaba el tiempo. A ratos llovía, al subir una cuesta entrábamos en una espesa niebla y al bajarla el sol nuevamente comenzaba a quemar. Nunca logramos acertar si debíamos abrigarnos o andar ligeros de ropa, lo cierto es que siempre anduvimos hechos sopas, ya sea por la lluvia o por la transpiración condensada. El camino no era mucho mejor. El ripio era durísimo, con unos bolones realmente enormes que nos hacían transitar con la dirección a la deriva. Este hecho me tenía extremadamente asustado, ya que al acercarse una bajada no podía evitar recordar el accidente sufrido en el sector de “Las Lomas”. Lentamente fuimos avanzando por un infernal camino. Mis riñones los llevaba en la mano y de seguro que si tenía algún cálculo, éste ya se encontraba hecho puré. Pese a todos los inconvenientes, era inevitable no poder dejarse maravillar por el hermoso paisaje que nos rodeaba, con bosques autóctonos y colores francamente vírgenes.

Ya nos encontrábamos en la mitad de la mañana cuando unos carteles naranjos advertían la presencia de trabajos en la vía. Los carteles indicaban un desvío hacia el pueblo de “Trovolhue” que nos retrasaría considerablemente y quizás nos haría demorar un día más en llegar a Puerto Saavedra, lugar que nos habíamos fijado como meta para ese día. No había a quien preguntar y lo peor de todos era que el corte del camino era unos buenos kilómetros más adelante. O sea, debíamos escoger y cualquier error nos haría retrasar el viaje y, lo peor de todo, seguir en ese angustiante camino. Preferimos seguir y ver que pasaba más adelante, total si pueden pasar peatones, nosotros también. La interrogante era, ¿si los peatones tampoco podían seguir?

Después de un par de horas de pedaleo llegamos al lugar de los trabajos viales y nuestros peores temores se hicieron realidad: los peatones tampoco podían seguir, el trabajo consistía en la construcción de un puente que en esos momentos no existía. Miré a Carlos y me puse a llorar. No lo podía creer, nuestra única alternativa para seguir era nadar con las bicicletas sobre nuestras espaldas. ¿Era posible? Resignadamente movimos la cabeza con desaprobación.

Conversando con los trabajadores, nos cuentan que la balsa estaba mala y por eso era el desvío de vehículos, pero que los peatones los cruzaban en un pequeño bote a remos. La duda era saber si nosotros éramos vehículos o no. Nuestras hibridas bicicletas representaban el eslabón perdido entre lo humano y la máquina. Entre tiras y aflojas y una convención para decidir si estábamos en el rango de peatones o vehículos, dio lugar a una votación entre todos los trabajadores quienes decidieron en forma unánime que nos cruzarían el río, simplemente porque les caímos en gracia. Yo creo que se conmocionaron al ver a un abuelito en tan mal estado arriba de una bicicleta y ver mi llanto ante la frustración del puente inexistente.

El cruce no fue menos dramático. El agua casi entraba al interior del bote y la corriente por poco nos va a dejar directo al mar. Pero lo importante es que logramos estar en la otra orilla con una sonrisa de oreja a oreja.

Carlos me tenía cansado con sus maravillosos comentarios de Puerto Saavedra, por lo que mis expectativas eran bastante altas. Al entrar al pueblo, mi desilusión fue total, cosa que debí ocultar. A Carlos le corrían las lágrimas de la emoción. Algo, que nunca supe, le traía muy buenos recuerdos. El pueblo era sencillo y sin gracia.

- ¿Te gusta? – me pregunta Carlos, muy emocionado.

- Sí, es muy bello – debí mentir, para no matar la alegría que le provocaba el lugar.

- Que bueno – me dice – Creo que nos quedaremos acá un par de días.



01 junio 2008

Capítulo XVIII: En tierra de nadie

Después de un día lleno de historia, amanecí con una gran inquietud por averiguar más de ella y conocer las tierras que por años habitaron los mapuches. Quidico fue la primera caleta que visitamos con la finalidad de reabastecer provisiones. En este lugar nos abordó un franchute con aires de superhéroe, para darnos la tremenda lata de lo que es viajar. Yo quería irme, pero la lata seguía y mi compañero que se cree con tanta personalidad, no fue capaz de cortar la conversación, o mejor dicho el monólogo de aquel senil francés. Nos bombardeó con historias; primero recorrió Sudamérica y luego le pidió a no se quien que le encontrara un lugar en no sé dónde hasta que terminó viviendo en Quidico y de paso, demorando nuestro viaje. Sinceramente, el tipo era de lo más aburrido que había.

Después de un par de horas nos deshicimos del francesito y seguimos rumbo a Tirúa, disfrutando los últimos kilómetros sobre el asfalto. Almorzamos en la desembocadura del río Tirúa disfrutando de los últimos rayos del sol que se comenzaban a ocultar entre las nubes.

Antes de salir, creímos necesario informarnos con carabineros sobre el camino y cosas varias. Carabineros de Chile no podían creer que nosotros, en bicicletas, quisiéramos meternos a tierras mapuches. En pocas palabras nos sugirieron que regresáramos (como si fuese tan simple desandar kilómetros y kilómetros en bicicleta), ya que la cosa estaba complicada. Nos confesaron que soberanía en esas tierras era como hablar de fantasías. Como ejemplo nos contaron que hacía una semana les habían volcado una micro, hecho que escuchamos con bastante incredulidad. Nos aterrorizaron con maltratos a los turistas y con paga de peaje. Esto daba más miedo que la casa del terror, pero con Carlos nos miramos y comprendimos que devolvernos no era parte de nuestros planes. Nos despedimos con una sonrisa, agradeciendo la buena onda. El viaje seguiría por tierras difíciles y ahora sí que había que tener agallas.

A medida que subíamos una cuesta interminable sobre el ripio, una densa bruma comenzaba a calar hondo en los huesos, nublando la vista y congelando los pensamientos. Cada mapuche en el camino me hacía temblar y a duras penas salía un forzado saludo. Mi temor era evidente. Carlos se mantenía sereno y forzaba una sonrisa al observar mi afligido rostro. La tétrica niebla comenzó a dar paso poco a poco, a una llovizna que con el correr de la tarde se transformó en una lluvia de proporciones.

Seguimos pedaleando hasta que la bruma abrió paso a un escenario que nada tenía de amigable y que mis ojos se resignaban a creer: un camión de quizás que forestal, completamente quemado y cruzado en el desolado camino. Al parecer los carabineros no mentían y nosotros nos encontrábamos inmersos en un verdadero campo minado.

Acampar sería una gran prueba de valor. En eso estábamos, cuando poco antes de ingresar a la carpa, un joven mapuche nos saluda.

- ¡Buenas tardes! Hace frío… – nos dice.

- Bastante – responde Carlos.

- ¿Tienen un cigarrillo?

- Lo sentimos, pero no fumamos.

- No importa. Espero que amanezcan… bien. – se despidió mientras hacía galopar su caballo.

La verdad es que no le creí mucho eso de que no le importaba. Yo tenía una paranoia tremenda y temía que en la noche regresara por sus “cigarrillos”.

Si ayer recorrimos parte de la historia mapuche, hoy había sido el momento de vivir su presente.

15 mayo 2008

Capítulo XVII: Un camino lleno de historia

La piscina natural de Curanilahue era espectacular, gigantesca y de aguas calmas y limpias, con sectores de sol y otros de sombra. La verdad es que había para todos los gustos. Por lo agradable que resultaba el lugar, decidimos disfrutar la mañana allí y pedalear después de almuerzo.

A medida que avanzábamos, sentía como también lo hacíamos en la historia de nuestro país. Se suscitaban múltiples pueblos, algunos con nombres mapuches y otros con alguna historia detrás del español que las fundó. Así iba siendo nuestro andar, hasta entrar a la ciudad de Cañete, valiosa ciudad testigo de importantes batallas entre mapuches y españoles. Ya era tarde y el sol estaba por ponerse, espectáculo que fuimos a disfrutar al fuerte Tucapel, lugar que tiene una hermosa vista del valle. Recién allí pude comenzar a entender por qué Pedro de Valdivia lo había escogido como un lugar estratégico: tenía una vista absoluta de lo que pasaba a su alrededor, dominando por completo al adversario. También pude comprender por qué Lautaro lo sorprendió en ese lugar, logrando arrebatarle la vida: el paisaje resulta ser un viaje hipnótico al silencio, donde la reflexión y la abstracción se apoderan del observador, anulando todo tipo de alertas y defensas.

Estaba en mi propia abstracción, cuando Carlos me sorprende invitándome a continuar el viaje. Quise visitar a unos familiares, pero me enteré de un hecho trágico. A uno de ellos lo habían empalado y al otro le habían cortado las manos. Atónito por la noticia y absorbido por el lugar, debí aceptar el ofrecimiento de Carlos y continuar el viaje.

Ya era de noche. Se respiraba un aire calmo y la luna llena iluminaba por completo la carretera. Hace un par de siglos, esta fue la única ruta utilizada por los “blancos” para acceder a Valdivia, previo pago de peaje. Yo esperaba que ese peaje ya no existiese.

Transitar por esos caminos llenos de historia me tenía extasiado. Desde el fuerte Tucapel que no podía recobrar mi lucidez. Algún tipo de magnetismo tenía ese lugar, sensación que por cierto, no me molestaba en absoluto.

Sabía que estábamos cerca de algunos lagos, como el Lanalhue, el Lleulleu y el Antiquina, los que poseían camping y que serían una excelente alternativa para pernoctar. Nunca logramos dar con ellos, o más bien, tener conciencia de estar en alguno de ellos, ya que en un momento de la noche preferimos meternos a un predio forestal y armar la carpa a orillas de un lago que nunca supimos que nombre tenía.

Creo que en ese lugar más de alguien pasó la noche, era sereno, resguardado del viento, aislado del camino, con agua y un hermoso paisaje a los ojos. Seguí reflexionando sobre la historia que estábamos pisando y la desafortunada suerte que corrieron mis familiares. De repente recordé una clase de Historia de Chile del colegio donde mencionaban las formas en que mataban y castigaban los españoles. Realmente fue una guerra salvaje y que de seguro aún no ha terminado.

Ya era hora de dormir, y mientras contaba ovejitas se me aparecieron dos nombres en la cabeza… ¿Habrán sido Caupolicán y Galvarino, los parientes que buscaba?

01 mayo 2008

Capítulo XVI: Gatos

Antes que el sol comenzara a iluminar, Carlos se levantó para preparar las cosas que faltaban para seguir rumbo al sur. Yo no tenía ningún apuro, y recién un par de horas más tarde, decidí ponerme en pie. Carlos ya tenía su bicicleta en movimiento y mis cosas desparramadas por el suelo del patio. Carlos en una suerte de venganza, lanzó todas mis pertenencias afuera de la casa, como si eso me hubiese hecho apurar. Yo, con pica, más me demoré en arreglar las cosas y recién a las diez de la mañana seguimos nuestro peregrinar por Chile.

Después de pasar rápidamente por Coronel, ingresamos a la turística ciudad de Lota. Quisimos visitar el Parque de Lota, por lo que nos adentramos en un pueblo carbonífero lleno de historia. Pasamos por las antiguas casas y por el desvío que conduce al chiflón del diablo, hasta llegar a la parte más baja de la ciudad, la entrada al parque. Este parque fue toda una sorpresa. Los precios para acceder hacían de su visita un verdadero lujo; más encima el portero nos obligaba a dejar nuestros vehículos en el “bicicletero” con las alforjas incluidas. Hasta ahí llegó nuestra visita, conformándonos con la ciudad y preparándonos para escalar las escarpadas calles para regresar a la carretera.

Lenta y cadenciosamente comenzamos a girar nuestros pedales. El sudor corría por nuestras frentes mientras cruzábamos las poblaciones. Carlos un poco más atrás seguía rítmicamente la escalada al cerro. Una vez en la carretera, Carlos me mira serio, sudado y enojado. Parecía que algo no andaba bien.

- Pensé que ya habías aprendido. Me dejaste botado y casi me asaltan – me dijo en tono de fuerte reproche.

- Pero yo iba un poco más adelante, yo te veía – intenté argumentar.

- ¿Viste la camioneta blanca que nos adelantó? Atrás iban tres sujetos que comenzaron a abrirme los bolsos mientras seguía pedaleando. No sé cómo lo hice, pero saqué valor, les grite un par de garabatos y golpeé con fuerza sus puños hasta lograr que se desprendieran de mi equipaje. Yo temía que intentaran hacerte algo sin poderte alcanzar. Créeme, estuvimos muy cerca de que esta travesía se transformase en una tragedia. Ahora deberemos seguir muy unidos, aunque te cueste, ya que esta zona está llena de “gatos “.

Con un silencio sepulcral seguimos por la carretera. Pensaba en los famosos “gatos” y no lograba entender su nombre, hasta que en plena acción vi cómo se descolgaban de un camión en marcha con la mercancía robada. Ahí entendí todo.

El ánimo no era malo, sino más bien de alerta. Luego de algunos kilómetros entre plantaciones de eucaliptos, volvimos a divisar un grupo de gatos bajándose de un camión en marcha. Con mucha precaución nos detuvimos en el camino a la espera de que se fuesen y nosotros poder seguir. Me sentía en terreno minado. Esto realmente era adrenalínico.

Después de cien kilómetros y dejando los “gatos” atrás, paramos en la ciudad de Curanilahue, donde comimos y nos reabastecimos. Buscando donde alojar, llegamos al camping municipal. Éste era gratuito y tenía una reconfortante piscina natural y espacio suficiente bajo el bosque para no toparse con nadie. Este lugar daba para quedarse más allá de una noche. Un verdadero paraíso.

15 abril 2008

Capítulo XV: La recomendación de un lugareño

Con la idea de continuar nuestro descanso y nuestra patanería, creímos que ya era hora de mostrarnos al mundo en nuestras más sugerentes sungas en alguna concurrida playa de la zona.

Tomamos una micro hacia Tomé con la idea de bajarnos en cualquiera de las playas existentes en el camino. Le preguntamos al chofer por el mejor lugar para ir y nos indicó una playa que se veía calma, sin mucha gente y con excelente vista. Fue ahí donde nos bajamos, siguiendo los consejos de alguien que conocía el sector.

Ubicamos nuestras toallas y la mochila con el picnic para el almuerzo. El agua estaba un poco helada, pero sin mucho oleaje. Preferí tenderme al sol y esperar el bronceado adecuado para ir al agua. En eso estaba cuando Carlos se me acerca ofreciéndome almuerzo. Llevábamos pollito asado, huevitos duros y fruta. Sólo nos faltó el mantel a cuadros y el canasto para terminar de dibujar la típica escena idílica de las novelas. Cuando me disponía a poner mis dientes sobre ese pollito, el viento levantó una tormenta de arena que dejó mi comida negra como el carbón. En ese momento quise llorar, ya que el hambre se había agudizado y no había ningún lugar cerca donde comprar algo. La playa era agradable, pero estábamos aislados.

Con prolijidad fina, digna de un relojero, fui sacando grano a grano la arena. Sin embargo, ese trabajo no fue suficiente, ya que ante el primer mordisco la arena comenzó a crepitar incansablemente al interior de mi boca. Con resignación seguí comiendo, imaginando que el crepitar en mi boca no era otra cosa que la sal gruesa con que había aliñado el pollo.

Durante la comida, el viento comenzó a aumentar su frecuencia y velocidad, haciendo cada vez más desagradable estar allí. Estábamos solos en la playa y muy a lo lejos se divisaban quitasoles y niños corriendo por la arena. Después de meterme al agua, el frío se apoderó de mí haciendo tiritar mis piernas y poniendo mi piel “de gallina”. Me resistía a irme de la playa, por lo que seguí tomando sol más allá del bronceado requerido. Después de un par de horas, mi cuerpo estaba rojo y me ardía al sentir el golpeteo constante de la arena. No aguanté más, tome mis cosas y Carlos, que tampoco estaba muy feliz en ese lugar, aceptó sin dudarlo la propuesta a partir.

Salimos al camino a esperar locomoción. Pero nada. Pasaban llenas y no paraban. Así que empezamos a caminar por la playa hacia donde se veía la masa de gente, pensando que en ese lugar sería más fácil tomar micro. Mientras caminábamos, el viento iba disminuyendo y el calor comenzaba a aumentar. Al llegar a la concurrida playa pudimos notar la diferencia. No había viento, no hacía frío, la arena era fina y blanca y además había locomoción hacia Concepción. Ese lugar estaba encerrado por los cerros, creando un microclima ideal para pasar las tardes veraniegas. Definitivamente, nuestra decisión estuvo errada y la asesoría obtenida estuvo lejos de ser satisfactoria.

Ya era tarde y debíamos regresar a como diera lugar, ya que íbamos con la convicción de abandonar a la tía Juanita lo más temprano posible al día siguiente y continuar el pedaleo, ahora en forma definitiva y constante, hacia la ciudad de Puerto Montt.


01 abril 2008

Capítulo XIV: Almuerzo a la chilena

El dormir en cama después de algunas semanas hace perder toda noción del tiempo. Desperté cuando la tía Juanita se aprestaba a servir el almuerzo y Carlos regresaba de haber ido a comprar el pan. La tía nos quería regalonear con un buen almuerzo chileno: para comenzar una tradicional alcachofa, luego un suculento plato de porotos granados y de postre unas ricas peritas con harina tostada.

El almuerzo estuvo delicioso dejando la “guatita llena” y por supuesto, “el corazón contento”.

Para la tarde le sugerí a Carlos salir a estirar las piernas en nuestras bicicletas, sugerencia que aceptó sin reproches porque sabía que de ahora en más, sólo poseería voz y no voto, ante su falta de acciones en esta empresa.

Cuando ya viajábamos en ruta, el viento comenzó a pegar fuerte en la cara. En castigo y tras otra arbitraria decisión, puse a Carlos a pedalear encarando el viento mientras yo me refugiaba tras su rueda trasera. No pasó mucho tiempo pedaleando de esta forma, cuando de sopetón se me viene a la cara una nube de aire espeso, gris y nebuloso que me obligó a toser en señal de ahogo y sentir náuseas ante ese horrendo panorama. Inmediatamente se me vinieron a la cabeza la alcachofa, los porotos y las peritas, imaginando los desastrosos efectos que estaban ocasionando en mi compañero de ruta. Pensé, “ese desgraciado no fue capaz de avisarme para alejarme de su mira telescópica, lanzando ese certero disparo a quema ropa impactando de lleno en mi rostro”. Al detenernos, Carlos me ve pálido y con ganas de vomitar.

- ¿Qué te ocurre? Toma agua – expresó cínicamente.

- Es que no aguanto – le dije con un rostro seco, intentando expresarle mi enojo.

- Yo estoy igual.

- ¡Cómo! ¿No has sido tú el del olor? – le pregunté asombrado.

En ese momento se largó a reír apuntando hacia un cartel que decía “Bienvenidos a Talcahuano”. Recién comencé a entenderlo todo, debiendo tragarme todas las maldiciones que le había tirado. El olor que nos atormentaba era típico de esa ciudad, era producto de la industria de pescados que mantenía ese rancio aroma por todas sus calles.

Resignados ante el olor a pescado y tras una visita rápida por la ciudad, preferimos regresar a Concepción, arrancando del olor a pescado.

Íbamos en esas, cuando un tipo salido de la nada me desafió a correr. Sin pensarlo dos veces, apreté el turbo y lo dejé botado. Corrí tanto que lo perdí de vista. Mi ego estaba por las nubes. Lo malo era que Carlos también había quedado fuera del alcance de mi vista y en estos momentos se encontraba perdido, ya que por un tema de monopolio de la información, yo era el único que conocía la dirección de la casa.

No tengo la menor idea como lo hizo, pero cuando llegué a casa, Carlos se encontraba descansando. Deben haber sido las proteínas y el hierro del almuerzo las que le dieron las fuerzas suficientes para llegar y algún tipo de brujería que le hizo adivinar la dirección.

No le di más vueltas al tema ya que mis necesidades biológicas requerían urgente de una cita con el baño, ya que ahora sí el almuerzo me tenía en apuros. Carlos se largó a reír nuevamente cuando me vio leer en la puerta del baño: ¡Clausurado! El muy desgraciado hasta tiempo de ir al baño tuvo, haciendo de él un verdadero polvorín. Con una cara de derrota, debí ingresar al baño reconociendo que Carlos me había jodido.


15 marzo 2008

Capítulo XIII: Se desfinancia la Travesía

El día que nunca pensé que llegaría, llegó. Por la mañana debí lavar mi ropa en uno de los días más estresante de mi vida. Lograr apretar dos botones en la lavadora, fue algo realmente agobiante. Afortunadamente la tía Juanita se apiadó de mí y me colgó la ropa. De otra forma el estrés me hubiese matado. Carlos siempre tan sacrificado, con vocación de mártir, lavó sus pilchas a mano ocupando casi todo el detergente que llevábamos.

Por la tarde salimos a caminar hacia el barrio universitario como una forma de estirar las piernas. Como buen guía turístico que soy, hice caminar a Carlos muchísimas cuadras de más, ya que mi cálculo falló y nos pasamos una cuadra de donde teníamos que doblar, por lo que terminamos caminando hacia unos cerros encerrándonos en una población que quien sabe cómo se llamaba.

Seguimos caminando hasta toparnos con “La Feria Internacional de Artesanía”, la cual se encontraba colmada de gente. Carlos tan simpático como siempre, le compró a la tía una horrible máscara de La Tirana, además de un pajarito para las plantas. Lo más simpático del cuento, es que el muy descarado se gastó los últimos pesos que le quedaban, por lo que aparte de guía turístico, pasaba a ser el financista de la expedición, algo que para nada me agradaba. Como si fuera poco, en la misma feria compró un reciclado de metal hecho de pernos y tornillos que le dejó a la tía, quien creo que aún se pregunta para que diablos puede servir. Era horrible, la figura representaba a un tipo sentado en el baño leyendo el diario; es que mi amigo es tan generoso, que le dio pena ver como el pobre comerciante no vendía nada, conformándose tan solo con el halago de la familia “Miranda” que visitaba la muestra. En ese momento me dieron ganas de aforrarle con la misma figura y dejarlo botado para que esperara a otro idiota generoso que se apiadara de su desfinanciada travesía. Pero mi magnanimidad pudo más. No lo abandoné y me contuve las ganas de azotarlo contra lo primero que se me cruzara. Me lo tomé con agüita y lo saqué rápidamente de la feria, porque de otra forma terminaría por gastar incluso mi dinero.

Pero como el pelotudo de Carlos tiene explicación para todo, me aseguró que no tendríamos problemas de dinero ya que traía consigo material para fabricar remolinos y la venta de ellos sería nuestro sustento. Era lo único que nos faltaba, ahora las bicicletas ante poco equipaje que llevábamos, más encima deberían andar como carro alegórico, lleno de remolinos al viento y nosotros con un cartel al pecho que diga “se venden remolinos”. La idea parece simpática, pero ¿quién comprará un remolino en plena carretera?

No quise seguir conversando, apuré el tranco y preferí esperar el amanecer de un nuevo día.

 
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