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01 julio 2007

¿Qué me está matando?

La cordillera ya no se ve por lo que nuevamente en la capital han decretado alerta ambiental. Esto es de todos los días. Las noticias dicen que es alerta, pero lo cierto es que cada invierno mis pulmones viven en franca emergencia. Uso una mascarilla que no alcanza a durar el invierno, ya que el hollín se encarga de tapar los poros del filtro y dejar una asquerosa costra negra, que de seguro también tengo en mis pulmones. En cada semáforo respiro una dosis letal de smog que los vehículos escupen al acelerar que lentamente me va matando.
Que paradójico, se supone que hago ejercicio todos los días y que mi salud debe mejorar… pero no en Santiago. Acá los ciclistas debemos salir de circulación durante el período invernal, porque la ciudad no está en condiciones de sostenernos. Pero ¿por qué debemos salir nosotros y no quienes contaminan? No sé, siempre me lo he preguntado. Las noticias indican chorrocientos dígitos de restricción vehicular y yo, sin tener placa patente, sé que también estaré restringido, y se supone que ayudo a descontaminar…
Muchas veces he debido quedarme al costado de una calle intentando recobrar la respiración, ya que el aire se hace irrespirable cuando pasa por mi lado una micro o un camión dándome un baño de humo negro. Mi cabeza anda abombada y me duele durante todo el día, pedaleo sobre exigido, con propensión a desarrollar cuadros asmáticos. ¿Será que la bicicleta me está matando? Y yo que creía que la bicicleta fortalecería mi sistema cardiovascular… pero no en Santiago.
La contaminación me pone de mal humor. Me llena de impotencia el saber que esta ciudad y sus habitantes se mueren poco a poco y tan lentamente que no se alcanzan a percatar… y yo que creía que la bicicleta me ayudaría a botar estrés, definitivamente en Santiago se acumula.
Santiago es la ciudad del racionamiento, no hay gas, electricidad y por cierto, tampoco oxígeno. Algunos llegan a decir que se trata de un problema de DD.HH. Definitivamente yo creo que esto es un problema de Desarrollo de Demencia Humana Humodependiente.
Lo bueno es que no soy el único que se está muriendo, toda la ciudad lo está haciendo, así que mientras algunos eligen morir arriba de sus autos mientras fuman un cigarrillo, yo lo haré arriba de la Blue respirando toda la basura que nos cubre. Moriremos románticamente juntos, como cuando se hundió el Titanic.
Una vez finalizada la emergencia ambiental, o sea el invierno, espero salir con la Blue fuera de Santiago para averiguar si la que me mata es ella o simplemente esta contaminada ciudad.

15 junio 2007

Camino al mirador

Desde hacía un tiempo que le venía insistiendo a una amiga para que saliéramos a dar un paseo en bicicleta. Siempre su respuesta era esquiva, por una parte no tenía bicicleta y por otra hacía menos ejercicio que la mandíbula superior.
Una noche me llama no muy convencida, para decirme que se había conseguido bicicleta y quería salir conmigo. Yo no podía creerlo. La pasé a buscar en menos de cinco minutos y le dije que la llevaría a dar un paseo que jamás olvidaría.
Yo no encontré nada mejor que ir hacia la parte alta de la ciudad, con la excusa de llegar a un mirador. La verdad es que había que ser bien bruto para llevar a una principiante a pedalear por grandes subidas, teniendo una ciudad plana, entera a nuestros pies. Pero ya estaba.
Al poco de comenzar la subida, mi amiga ya no daba más. Yo intentaba darle ánimo, descansábamos cada una cuadra y la instaba a seguir. Al doblar por una calle, una subida se hacía interminable, de esas que uno no desea encontrárselas nunca, siendo un verdadero balde de agua fría para las pocas energías que quedaban. Yo, con una mezcla entre galantería y presuntuosidad, le ofrecí empujarla cuesta arriba. No le salía el habla, por lo que su rotundo silencio interpreté como un sí. Con mi mano derecha muy en la parte inferior de la espalda, ya que así se hace mejor la fuerza (al menos eso le dije), comencé a darle duro a los pedales para poder alcanzar la cumbre.
Mi amiga sólo tenía que mantener la dirección derecha y firme. Era simple, o al menos lo parecía. Cuando ya sólo faltaban metros para llegar al mirador, nuestro paseo se vino a negro, los manubrios de nuestros vehículos se golpearon, mi amiga perdió el equilibrio y finalmente terminó besando el pavimento de forma trágica. Su rostro era un charco de sangre, su nariz estaba rota, su frente con rasmillones y dos de sus dientes lejos de su boca.
Yo estaba consternado y asustado a la vez. No sabía que hacer. Un lindo paseo terminaba en una verdadera tragedia. Pasado un rato, entre sollozos y el pasar indiferente de los automovilistas, llegó la ambulancia partiendo de urgencia al centro asistencial mientras yo me quedaba sólo junto a las dos bicicletas.
Después de un tiempo, mi amiga se recuperó. Recuperó hasta su flojera, añadiendo a sus excusas para no pedalear, el peligro que represento para ella, aunque nunca sabré si los motivos son por el accidente o por mi mano indiscreta a la hora de empujarla. Sólo puedo dar fe de que el paseo realmente fue inolvidable, tal como lo había prometido, aunque fuese a costa de las estrellas que pudo ver con el golpe que se dio.

01 junio 2007

Todos debemos partir

Mi abuelo agonizaba hace algunos meses, esperando aquella fría mañana en que su cuerpo dejó de respirar. Esa noticia estaba más anunciada que la llegada del año nuevo, pero era inevitable sentir pena.
Antes de iniciarse el sepelio, debía oficiarse una misa, como dicta la tradición. Para ser bien honesto, nunca vi en mi abuelo una devoción católica, aunque siempre de comportamiento intachable. Los que nos logramos reunir en la ceremonia no éramos muchos, incluso se formaba eco en la pequeña capilla donde se efectúo el velatorio. Pero mi abuela no andaba con chicas, pidió hacer la ceremonia en la iglesia de “Los Padres Domínicos de Recoleta”, algo pomposo y por cierto desubicado. Muertos de frío (que sarcasmo) y sin escuchar más que algunas frases rebotando por las paredes de la iglesia, llegamos al final del responso.
Comenzó la repartición de familiares para ir al cementerio. “Tú ándate con Pedro”, gritaba una tía, “a Marcelo le queda espacio para uno más…” y bla bla bla, aunque siempre se queda alguien a pie que termina dignamente disculpándose por no poder asistir al cementerio, ante la incapacidad de ser llevado por algún vehículo.
Yo estaba asegurado. La “Bleu” esperaba la partida. Le puse hasta un foquito para andar con luces encendidas.
Sale el cortejo y comienzo a pedalear entre el cordón de autos. Estoy seguro que el cretino de la carroza me tenía mala, ya que cada cierto rato aceleraba para pasar un semáforo, dejándome botado. Yo no sé si tenía pena por mi abuelo o rabia por el idiota que aceleraba a destiempo, lo cierto es que corrió por mi mejilla una solitaria lágrima que se confundió rápidamente con las gotas de sudor. Ya tenía las piernas acalambradas cuando súbitamente se detiene el cortejo, hecho que me tomó por sorpresa y que casi me hace entrar a la carroza a acompañar a mi abuelo. Estábamos frente a su casa y se hacía necesario que se despidiese de ella, que lo albergó por casi 60 años. Mientras él se despedía yo intentaba recobrar la respiración.
Ya en el cementerio todo fue un mar de lágrimas. Cuando bajan el cajón todo es terrible. Ni las lloronas fueron necesarias.
Camino a casa miles de ideas rondaron por mi cabeza. Cada flor que crezca en el jardín sembrado sobre él, me recordará su imagen, esperando que todos algún día lleguemos a su lado. Sé que mi abuelo de alguna parte me está mirando, y sé que, al igual que yo, él está muy bien acompañado, ya que la “Chanchi” que partió antes, no lo dejará nunca botado. La “Chanchi” estará a su lado en forma incondicional, cuidando de él mucho mejor de lo que nosotros lo hicimos en la Tierra. ¡Adiós abuelo!

15 mayo 2007

Fechas y celebraciones


De un tiempo a esta parte, no había evento ciclístico que me perdiese. Era todo un
socialité de los ciclistas, me había convertido en un verdadero canapé. Estaba en todas. Pero sin duda uno de los eventos más top a los que he asistido ha sido la celebración del gran Día de la Tierra. Todos los anuncios hacían referencia a una gran celebración, cicletada incluida, con auspiciadores y el nombre del gobierno dando vuelta, junto a múltiples organizaciones de ciclistas.
Llegado el día presentí que se aguaba la fiesta. No es que no hubiese ánimo, sino que literalmente se iba a aguar, ya que el cielo estaba negro y la lluvia se veía venir. El lugar de reunión era la Plaza Ñuñoa para llegar más tarde al Parque Bustamante. El recorrido estaba establecido, sin embargo, un grupo revolucionario de nalgas sensibles se oponía a viajar por calle Bustamante, debido a que los adoquines podían dañar seriamente sus estructuras anatómicas. Superadas las discrepancias, comenzó el pedaleo.
Ya en el camino el cordón de ciclistas era impresionante; el ritmo de pedaleada lo ponían los niños con sus ruteras aro "una cuarta", que le ponían la cuota tierna y familiar al evento. Tranquilamente nos desplazamos por las calles santiaguinas hasta llegar al Parque Bustamante. Ya en el parque el frío era único, calaba los huesos de los más débiles (que parecían osos con tanta ropa encima) y yo trataba de hacer un ejercicio de superación mental y espiritual para evitar abrigarme con lo que no tenía. El show era más fome que bailar con la hermana, creo que de no haber sido por el frío imperante, de más que calentaba a alguien. Yo esperaba discursos memorables, fiesta, alegría y colorido, pero nada. Pequeños grupos conversando aisladamente, daban a entender que nada tenía que hacer allí un ciclista que no conocía a nadie y sólo intentaba conmemorar el Día de la Tierra. A eso de las 2:00 de la tarde la gente sólo quería invernar, por lo que se disiparon rápidamente, arrancando como ratas ante el diluvio.
Mención aparte merece el hecho de que el segundo año que se celebra el Día de la Tierra, las condiciones climáticas no hayan sido las apropiadas. ¿Será que a la Tierra no le basta con un sólo día y ésta es su forma de decírnoslo?, ¿O será que la Tierra no aguanta tanta hipocresía de gente que contamina todo el año y sólo un día se acuerda de ella?, ¿O será que a la postre esta fecha se va a convertir en una más, como lo son el día de la madre, padre, y quien sabe qué, y será sólo eso: una fecha? Creo que esto a la Tierra no le gusta.

01 mayo 2007

Bocinas alucinógenas

Es un nuevo día en el que temprano por la mañana me topo con el invento del futuro: las bocinas. Pero ¿qué tienen de futuristas? Ahora viene lo bueno, lo cibermágico. ¿Qué tal si a las conocidas bocinas les agregamos el concepto de desnaturalizadoras? Esto ya suena más futurista: bocinas desnaturalizadoras.
Este innovador invento me lo he topado en la gran mayoría de los vehículos motorizados, encontrando una amplia gama de olores y sabores, algo así como la gelatería de las bocinas, desde algunas muy roncas como la de los camiones, hasta otras con singulares melodías como “la cucaracha”.
Este sofisticado sistema se encuentra inserto en la mayoría de los volantes de los sórdidos vehículos motorizados, representado por un pequeño botón diseñado para aceptar la presión del primero de los diez dedos manuales en recibir el impulso nervioso, proveniente de las grises y estresadas neuronas de los señores conductores. Como no todo invento es perfecto y mucho menos los destinados al rubro automotriz, este minúsculo botón suele aceptar, sin dudarlo mucho (en realidad es un aparato, así que, qué va a dudar), no sólo ser accionado por los dedos, sino que también por cualquier certero golpe proveniente del puño del sulfurado conductor. Ahora bien, he detectado casos en que el golpe ha sido demasiado fuerte, logrando dejar pegada la bocina, causando un ruido continuo y a la vez un placer indescriptible para el chofer, ya que la tendencia marca una absoluta resistencia a apretar una sola vez el botoncito, como lo indican datos del Bombin Institute.
Esta bocina está conectada con un complejo sistema sociológico anticiclistas, que además presenta las increíbles características de desnaturalizar bicicletas, con todo ser montado sobre ella.
Este aparato se usa principalmente en las horas punta, después de unas agradables jornadas laborales. Al parecer la gente ve en ellos la forma de descargar la impotencia contenida durante el día, después de resignarse en un continuo abuso de poder hacia ellos sumado a un deficiente sistema de transportes.
Muchas veces en que un conductor se ha topa con un ciclista, no duda en utilizar este sodómico aparato. Lo presiona disparando a mansalva un poderoso rayo acústico que debiera tener los efectos de desnaturalizarlo. Sin embargo, el problema surge cuando por casualidades del destino, no lo logra. Es en ese momento cuando el ciclista debe ingeniárselas para desaparecer de algún modo, ya que de otra forma será atropellado.
Este invento ya forma parte del colectivo automotriz, los conductores alucinan con sus efectos apretando y acelerando en forma automática, transformándose en una verdadera adicción.
Pero seamos honestos, este invento sólo está en los oscuros deseos de las mentes estresadas de los conductores, por lo que mientras no nos logren desnaturalizar de verdad, espero que se aburran de usar sus angustiosas bocinas seudodesnaturalizadoras, ya que los ciclistas seguiremos delante de los conductores por más bocinazos que nos lleguen.
No olviden que la libertad no se abre paso tocando bocinas, sino que pedaleando!

15 abril 2007

Algo más que una competencia

Como buen chileno a última hora decidí inscribirme en la gran cicletada Líder. No había ningún interés de por medio, pero el eslogan de que todos recibirían premios al cruzar la meta, hacían de la actividad algo bastante más atractiva. Antes de la inscripción ya tenía evaluado el trayecto, que incluía pendiente, distancia e incluso hoyos. No se escapaba nada. Según la información publicada por internet y la amable señorita que anotó mis datos, la hora de largada era entre las 9:30 y las 10:00 de la mañana de un rutinario día Fomingo.
Una vez que llegué al lugar, junto a los pocos ciclistas presentes, parecía ser que la actividad no iba a resultar. Pero lo que no estaba en mis planes era que la cicletada empezaba a las 11:00 (algo me hizo pensar en la nula cuota de sangre inglesa que llevamos los chilenos), cosa de que los vecinos durmieran hasta tarde mientras nosotros madrugamos junto con las gallinas por un pequeño error de información.
Encerrados en un callejón, se nos pedía a cada rato que nos apiñáramos para poder dar espacio a los que iban llegando poco a poco. Me sentía como cordero en el matadero, como sardina en su lata. Tuve esa extraña sensación de sentirme uno más de ese apestante conglomerado popular, que siguen a sol y a sombra toda actividad que hay detrás de la gran publicidad. Ya estábamos ahí y había que competir, aunque sea por el suculento premio que nos esperaba al cruzar la meta.
En los preparativos los locutores terminaron por derrumbar toda la esperanza que aún permanecía intentando rescatar algo de la actividad. Nos anuncian que esto no era una carrera, que la idea es pasear (más encima te meten la idea de que estas haciendo deporte, cuando lo único que has hecho ha sido levantarte, encender el auto, poner la bici en el portabicicleta, y llegar al lugar; de que deporte me hablan), dejando de lado el afán competitivo. Yo ya no sabía que esperar.
Lógicamente tenía que haber algo o alguien adelante para marcar el ritmo de pedaleo. Por supuesto que los más indicados eran los atléticos carabineros que conocían de sobremanera lo que es andar en bici y sabrían calcular en forma matemática la velocidad exacta de pedaleo sobre el Radio Patrulla. Pero las sorpresas aún no terminaban. El glamour llegaba en los pies del team Líder, ciclistas que fueron presentados como la última chupada del mate. En ese momento me sentí segregado socialmente. Habían dos grupos de ciclistas, los pagados por el supermercado Líder, adelante del RP, y el resto de nosotros, detrás del RP, que sin ser pagados, manteníamos en pie la actividad.
Hasta que finalmente, después de la agobiante espera comenzó lo que sería el infierno sobre ruedas. Pese a lo pedido, el afán de competencia de cada uno de nosotros no se pudo reprimir resultando una suerte de competencia que tenía como ganador a aquel que lograra pegarse al parachoques del vehículo guía. En la delantera existía una tensión que ponía los sentidos alerta y hacía apretar hasta los dientes. Las distancia de los cruces, de los adelantamientos, de rueda y rueda, de manubrio con manubrio, casi no existían. Tranquilo y confiando en mis reflejos y sentidos, avancé sin saber como, los cinco minutos más eternos de mi vida sobre ruedas, que duró la cicletada. Cerca de la meta se escuchó un impacto de esos que dan ganas de voltear a ver que pasó, pero yo sabía que si lo hacía, no sólo miraría lo ocurrido, sino que también lo sentiría en carne propia. De reojo pude constatar un cerro de ciclistas impresionante, nunca había visto tanta bicicleta apilada con ciclista incluido. Pero como siempre hay gente astuta, no faltó el que no contuvo sus ganas de voltear formando el segundo cerro a tan sólo un par de metros del primero. El efecto dominó una vez más fue puesto a prueba. Era tal el caos, que el vehículo guía dio un frenazo haciendo que uno de los cientos de deportistas, muy pegado al auto, rebotara en el vidrio trasero logrando desprender uno de los focos del auto.
Ya al llegar a la meta recibimos el gratificante premio: una naranja, un jugo individual (con sabor a jugo en polvo) y las muchas gracias. Creo que haber dormido en mi casa hubiese sido mucho mejor premio que todo ese sacrificio matutino.

01 abril 2007

Licencia caducada

Andar por las calles santiaguinas se ha transformado en una verdadera proeza. La gente ya no conduce como antes, anda más sulfurada o más distraída, pero lo cierto es que por este motivo yo he debido cambiar mi forma de conducir, por una más defensiva, olvidando por completo el disfrutar del paisaje.
Recuerdo un día en que avanzaba sigilosamente junto a la “Bleu” por calle Curicó, por un lugar que hasta ese entonces creía seguro, me refiero a la pista de uso casi exclusivo para motos, digo casi, porque del hecho que yo transite por ella arriba de una bicicleta, ya deja de ser exclusivo. Poco antes de llegar a Lira la calle presenta una pequeña curva, casi ínfima pero que bastó para pasar un susto y encontrarme con una tremenda sorpresa.
Como es habitual, avanzaba acompañado de muchos automóviles que se sucedían uno tras otro. Tranquilamente me rebasaban, mientras yo tranquilamente paseaba. Al llegar a la famosa curva, el vehículo a mi lado prefirió seguir derecho, arrinconándome contra la cuneta, obligándome a frenar y golpear desesperadamente el vidrio para que el auto enderezara su cauce, por su bien delimitado carril. Ante el escándalo, el vehículo se enderezó y siguió. Yo, no conforme con ello, apreté carrera hacia ese infame individuo, que todavía no le conocía el rostro. Después de dos cuadras le di alcance encontrándome con la tremenda sorpresa.
Sutilmente golpeo el vidrio para conversar, no se trataba ni de la contingencia nacional ni tampoco era una encuesta sobre el shampoo que usaba, como pensó aquel conductor. Después de haber bajado el vidrio, procedo a explicarle agitádamente, producto de la carrera emprendida, el descuido cometido hacia mi frágil persona en aquella curva. En ese momento me percaté que la persona que conducía era un tierno abuelito, intentando revivir aquellos años mozos en que salía a pasear con la vieja. Ganas me dieron de aterrizarlo y decirle que el campo hace muchos años que dejó de ser parte de Santiago Centro y que a lo más queda gente huasa como él.
El querido abuelito sin una gota de arrepentimiento, y ante mi total asombro, me empezó a retar e increpar por no tener compasión con el pobre viejito que conducía. Se excusó que era jubilado y que más encima ya no veía nada producto de los años. Ante ello era lógico que mi maldad no tenía perdón, ¿cómo se me ocurría agredir verbalmente a un jubilado que casi me atropella por no tener la visión en buenas condiciones? Era el colmo mi desatino.
Después de esa conversación ya no quedaba nada más que hacer, más que seguir de forma resignada hacia delante.
Completamente perplejos, retomamos el diálogo que traía con la “Bleu”. Hilvanando ideas llegamos a la conclusión de que se debe crear una nueva clase de licencias que le permitan a los “abuelitos” salir a pasear como en los años mozos sin tener la obligación, por lo conflictivo que resulta para ellos, de respetar lo que en sus tiempos fue un juguete y hoy es un vehículo: la bicicleta.
Como los “abuelitos” deberían tener licencia clase jubilada, creo que sería injusto no proveer algún respaldo a personas que conducen en situaciones adversas, como los ebrios, a los discapacitados, niños, esquizofrénicos... y quien sabe a quien.
¿Se habrá dado cuenta el “abuelito” que conducía un auto y no una calesa victoriana?

15 marzo 2007

Camello

No recuerdo a quien le escuché mencionar aquella célebre frase de que lo barato cuesta caro. Hasta el momento no puedo aprobar esa frase un cien por ciento, pero de que lo barato trae complicaciones, las trae. En el Santiago de cada día es casi imposible salir a ostentar lujos, ya que buitres hay en todos lados. A raíz de ello decidí salvaguardar a la “Bleu” por lo que compré un nuevo vehículo cicletudo. Este hermoso vehículo bautizado como “Camello”, resultó de la idea de abaratar costos y tener un modelo de paseo. “Camello” es azul, tiene frenos de varilla y ruedas aro 28. A medida que recorro las calles arriba de “Camello”, noto como los baratos pernos y tuercas comienzan a aflojar. Lo más a menudo que se suelta en “Camello” es el tapabarro metálico y nada menos que las chavetas. Lo cierto es que lo del tapabarro es algo molesto, ya que en las asfaltadas calles Santiaguinas, éste salta produciendo una sonajera tal, que muchos me han preguntado si soy repartidor de gas o helado. “Camello” se las trae, a veces me deja en ridículo cuando se convierte en “Súper Water”. Pero es así, me cuesta acostumbrarme, y al final igual lo quiero. Ah! Y para que hablar de las chavetas... si al final pedaleo con una sola pierna, ya que la biela izquierda pasa en banda. Lo más emocionante es querer pararse arriba de los pedales. Cuando lo hago las bielas terminan a la misma altura, de tal forma que para poder avanzar prácticamente hay que remar. “Camello” descriteriado, cuando quiero cambiarle las chavetas las aprieta de tal forma que se transforma en una osadía sacárselas; pero a la primera cuadra de viaje se suelta sosteniendo la biela de un puro hilo. Yo no sé si me palanquea o qué, “Camello” me desconcierta. Cuando “Camello” se aburre, se frena y con lo sensible que son los frenos de varilla a la regulación, “Camello” logra su objetivo: me sulfura. Igual lo quiero, pese a que en un comienzo soltaba el sillín haciéndome pedalear con las rodillas a la altura de las amígdalas y la punta del sillín en el... “Camello”... el otro día me ofrecieron 100 lukas por él, pero no lo quise vender. “Camello” es travieso, tan sólo eso... lo quiero... pese a que tiene juego en la dirección, el motor y el eje trasero... mejor ni les cuento lo centradas que están las ruedas... y las salidas de cadena que me hicieron llegar a importantes clases y exámenes con las manos negras como carbón. Sin embargo a “Camello” no lo cambio... total son sólo anécdotas ¡supongo!

01 marzo 2007

Un accidente bien particular

Era un viernes en la noche como cualquier otro. Hacía muchísimo frío, por lo que bien abrigado me apresté a realizar el recorrido hacia mi casa el que se haría por la Avenida Vicuña Mackenna. Llevaba aproximadamente 10 minutos de viaje cuando me acercaba al Mall Plaza Vespucio. El horizonte se divisaba de la siguiente forma: tres micros estacionadas tomando pasajeros hacia mi derecha; cero vehículo motorizado a mi espalda, que quedaron detenidos en el semáforo; mucha gente detenida a ambos lados de la calzada esperando cruzar en un semáforo casi eterno para ellos; y tres pistas a mi disposición. Avancé veloz como lo hago habitualmente adelantando las micros, cuando... oh! sorpresa, un ser salido de la nada, se cruzó en mi camino. No se detuvo ni corrió, sólo espero que mi viaje finalizara. Ya era tarde para ello, los frenos no aguantaron y... ¡rayos y centellas!, ¡cáspitas y recórcholis!... los dos al suelo. Creí que la “Bleu” lo había matado, ya que al tipo le enterró sus afilados cachos en plenas costillas. Yo caí de espaldas golpeándome la cadera contra el cemento, salvando milagrosamente el azote de mi cráneo (por supuesto que protegido por el casco) lo que me mantenía, hasta ese momento, bastante lúcido.
Rápidamente los peatones en el lugar nos levantaron para llevarnos a la vereda. Más rápido que yo, pusieron de pie a la “Bleu”, a quien pretendían llevársela y dejarme nuevamente como peatón. Sin embargo por el cariño que nos une, mi hábil bicicleta botó su cadena y frenó sus dos lindos piesecitos. Entre el golpe y la confusión del momento escuchaba a alguien reclamar por el desperfecto de mi bicicleta, lo hacia con tantas ganas como una madre cuida sus pollitos, pero reaccioné y me percaté que no llevaba guardaespalda por lo que comprendí que el tipo reclamaba por algo que él ya creía suyo. Mientras viajaba a la vereda intentaba descargar la rabia contenida, recriminando al peatón atropellado por lo ocurrido. A esta altura pensé que nada me sorprendería, pero me equivoqué. El tipo que puso de pie a la “Bleu”, que hasta ahora nadie me lo había presentado, comenzó a insultarme, saludó a mi familia y como si fuera poco, me amenazó con meterme dos balazos en el lugar, señalando su juguete con la mano, ante su frustrado intento de asalto. Yo no cabía en mí, estaba atónito. Afortunado o no, lo cierto es que al poco rato apareció la policía llevándoselo detenido.
Finalmente logré destrabar los pies de la “Bleu”, le reenganché la tracción y continué mi viaje a casa. Pensaba: “el buitre aquél me amenazó porque no lograba comprender su mala suerte: intentó asaltarme con su mejor amigo, lo interpuso en mi paso y yo, en vez de frenar lo atropellé con toda la velocidad que traía, y para más remate el objetivo del robo se frenó por lo que no pudo arrancar con él.”
Lo que parecía un accidente de tránsito cualquiera, fue en realidad un asalto muy bien premeditado, que falló.

02 febrero 2007

El adiós de un forajido


Sábado 5:00 de la mañana, hora de levantarse. Rápidamente había que hacer los preparativos para el arduo viaje a Baños Morales, ubicado en medio de la montaña. Me tenía que apurar pues a las 7:00 en punto salía la minivan, que en realidad era una camioneta de carga que nada tenía de confortable, que nos alejaría de la ciudad sin esperar a nadie, ya que eso era lo acordado. Dicho y hecho, a las 8:00 salimos. Era lógico, sólo somos una tropa de ciclistas que nada sabemos de puntualidad. El viaje era largo. Entre aventuras y desventuras todo era más ameno. Yo con pulmones bien hinchados contaba mis hazañas como patiperro cicletudo; a esa altura me creía la reina del festival. Después de hacer una escala en San José de Maipo para recoger víveres nos aprestamos a llegar a San Gabriel, lugar donde está carabineros y dónde termina el asfalto. En ese instante se decidió bajar a tres ciclistas para pasar la comisaría, ya que los señores carabineros nos podían decir algo (no sé que, pero algo).

Después de una ardua pedaleada de 200 metros noté que algo andaba mal (cosa que oculté, por la reputación). Mi respiración agitada acusó un pequeño cansancio, mínimo claro, pero que a la postre se transformaría en una constante. Agradecí volver a la camioneta.
A poco andar por tierra comenzamos a sentirnos grandes, más poderosos. Veíamos como nuestros cuerpos comenzaban a crecer al interior de la camioneta, casi no cabíamos. Muy orgullosos de nuestra nueva realidad nos percatamos que no habíamos crecido, sino que el techo había cedido producto del peso de las bicicletas. Paramos. Miramos. Había que desabollar. Con sofisticadas herramientas como piedras, cámaras de bici y hasta una señalética que nos fue prestada por el camino, se logró estabilizar y enderezar el techo.
Ya en la bicicleta, al comenzar el descenso noté como se licuaban mis piedras gástricas, mis sesos se revolvían y mis ojos se desorbitaban, a causa del duro ripio del camino. Al poco rato noté que no era hombre punta. Con mi principio de párkinson no era mucho el tiempo que me quedaba para preocuparme de mi ubicación. Con resignación esperé el asfalto, donde creía que podía rendir más. Al hacer un descanso analicé a mis competidores: estaban intactos, y yo tenía las piernas como gelatina y principio de tendinitis. Para colmo casi volé sobre un camión estacionado, que casi me hace seguir de largo en un puente en curva.
Ya en el pavimento parecíamos dos los escollos a superar (digo parecíamos porque luego verán que era uno sólo) y de hecho partimos en punta. Al cabo de un tiempo comencé a ver como la rueda trasera de mi compañero se despegaba de mi rueda delantera. Con una gran amargura, en ese momento quise sacar un pañuelo blanco al viento y gritar ¡ADIOS! Pero en fin, había que seguir. Después de ese desmoronamiento emocional comencé a sentirme reventado. Al rato me volvieron a sobrepasar sin poder poner resistencia. Iba tercero, aún el podio me pertenecía, pero una ilusión mágica me lo quitó. Primero fue por el espejo y luego un rápido "ahora lo ves, ahora no lo ves". De esta forma me volvieron a adelantar. Rápidamente reaccioné: eran los tres que iban en punta en el descenso, así que estaba bien. El problema surgió cuando me siguieron rebasando, lo cual no tenía razón de ser. En resumen, a San José llegué octavo, entre ocho, recogiendo el ego que se me había desparramado por el suelo.
Las piedras en un comienzo, luego el viento, las alforjas, el sol, el frío, el calor e incluso capricho, fueron las excusas para justificar lo injustificable. Felipín Bombín había sido destronado.

15 enero 2007

Criterios de integración

Domingo por la noche, me monté sobre la “Bleu” y salimos a pasear. Hacía tiempo que quería conocer la famosa ciclovía de la Alameda, famosa por su vapuleado lanzamiento con bombos y platillos como un gran paso hacia el cambio de mentalidad acerca de cómo entender el transporte urbano. Ante tanto revuelo, quería ver y andar por los resultados.
Con la serenidad de la noche, la “Bleu” rodó sus pies hasta el palacio de “La Moneda”, lugar donde comienza o termina la ciclovía. Al llegar al lugar fue necesario ser las veces de gurú, mago o adivino para encontrar la “entrada”.
Ya en ella, jugué a que me dirigía hacia el poniente a gran velocidad por mi exclusiva pista. Iba bien, hasta que de un ¡suácate! descendí como tres peldaños de una escalinata sin saber que pasó. Volteé a ver que ocurrió y me percaté que los brillantes ingenieros que la diseñaron, esos mismos que construyen puentes y pavimentan calles, estimaron hacer la bajada fuera de la línea recta que suponía la lógica de una vía de tránsito. Estoy seguro que hasta Mandrake el mago se saca cresta y media. Era imposible adivinar donde estaba la bajada, no había señalización ni nada que lo indicara.
Seguí andando con mayor precaución, ya que de una cosa si estaba seguro, los Ingenieros en Prevención de Riesgos no habían sido consultados, y después de pedalear por la vereda, hacerle el quite a peatones y bajar cuanta escalinata se cruzaba, como parte del trazado de la ciclovía, llegué a una zona que parecía estar mejor diseñada, siempre sobre el bandejón central de la Alameda.
La verdad es que lamento mucho el tiempo, la dedicación y el dinero gastado por familias completas en educar a nuestros actuales ingenieros y autoridades. No ser capaces de hacer una ciclovía decente me parece insólito.
Creo que la mentalidad no cambiará por ahora. Mientras sigan pensando que integrar la diversidad es sinónimo de hacer espacios exclusivos para ella, la cosa no funcionará. La verdadera integración llegará el día en que todos podamos utilizar los espacios comunes con los mismos deberes y derechos. Las bicicletas serán un medio de transporte reconocido, cuando puedan utilizar las calles como cualquier vehículo, sin limitarse a pasear por bandejones y ciclovías pésimamente diseñadas.
Por último, pareciera ser que los ingenieros en creatividad fueron los únicos consultados, ya que la ciclovía de la Alameda la han bautizado como “Circuito Turístico”, que no es más que otro chiste de mal gusto.
Autoridades e ingenieros asociados, como dijo Freddy Turbina, ya sería hora que le sacaran las rueditas chicas a sus bicicletas.

01 enero 2007

¿Quién le teme al cuco?

Parecía un sábado más, sin nada que hacer, pero algo cambió. A eso de las 15:00 horas suena el citófono: eran dos amigos para invitarme a pedalear en dirección al sur de la ciudad. Era el momento apropiado para sacar a pasear por primera vez a la “Bleu”, la sucesora de la “Chanchi”.
Como buenos ciclistas que somos, almorzamos y ¡en qué cantidad! (casi quedé sin despensa, ni refrigerador) y salimos pedaleando por calle Colombia, cuando de improviso apareció un educado conductor (tipo chofer de la locomoción colectiva que maneja un metrobus), en una alocada carrera hacia quién sabe donde. Nosotros (los niños de ahora en adelante) marchábamos de dos en fondo y el tercero, un poco más adelante (muy ceñidos a la ley del tránsito). Debo suponer que no le caímos muy bien al chofer, o quizás tuvo algún trauma de pequeño con los ciclistas, pero lo cierto es que este individuo se abalanzó sobre nosotros, los niños, siendo arrinconados contra la cuneta.
No sé si era afortunado o no, pero uno de los niños era yo, Felipín Bombín, quien sin saber bien que hacer, seguí cicleando ofuscadamente detrás del señor conductor en busca de una conversación razonable que pudiera explicar las razones de su arriesgada maniobra. Alcancé al vehículo, pero me percaté que ante mi presencia el chofer comenzó a hervir, se puso rojo y le salía vapor de los oídos. Luego de tres acaloradas cuadras jugando al correcaminos, el chofer decidió detener su máquina para sentarse a dialogar. Como buen chofer, su mejor arma no fue la palabra, sino un amistoso fierro, de esos que uno no sabe dónde los guardan cuando pasan las revisiones policiales, que nos sonreía y anticipaba un poco civilizado final.
Como buen niño e ingenuo que soy, tomé en mis manos no la palabra, sino mi fiel amigo: el bombín, no sé bien para qué, pero lo tomé.
Como todo un caballero el chofer del metrobus se bajó y agredió mi bicicleta. Nadie sabe como, pero en un abrir y cerrar de ojos mis amigos se abalanzaron sobre ese criminal.
No tardé en averiguar para qué tenía el bombín en la mano. Lo utilicé como si fuera una batuta, ya que sólo dirigí la pelea. Los golpes no los daba, pero tampoco los recibía. Los pasajeros gritaban y defendían a mis amigos desde sus asientos. Una señora una tanto sobrepasada gritaba - ¡los niños! -, al tiempo que se desmayaba.
Logramos zafarnos de ese tipo, cuando de repente vi la solución: una patrulla de carabineros se encontraba en el lugar. Ágilmente me aproximé hasta ella para dar cuenta de la situación. Mi sorpresa fue mayor cuando me dieron una confiable respuesta: -¡Váyanse tranquilos chicos, nosotros iremos a la garita y le daremos un susto!- dijeron pícaramente.
Que eficiencia, no sé qué pretendieron, esconderse y aparecer de repente disfrazados de cuco o de guasones o de fantasmas en la garita... No sabía que la fuerza pública resolviera los problemas de una manera tan poco seria, casi infantil.

15 diciembre 2006

Buscando a "Chanchi"

Jueves en la mañana, llegué al colegio, estacioné a "Chanchi" e ingresé a clases. Al finalizar la jornada, a eso de las 14:00 horas, aproximadamente, me disponía a subir a mi vehículo cuando me encontré con una pequeña sorpresa: la "Chanchi" no estaba. Alguien había osado cortar su cinturón de "seguridad" para dejarme como un peatón cualquiera.
Como suele suceder en una sociedad como la nuestra, en el momento del hurto, nadie pero absolutamente nadie, vio ni escuchó nada. La "Chanchi" decidió abandonarme, esperó que el portero se diera media vuelta y se fue a recorrer Santiago.
Hace un tiempo le había comentado a la "Chanchi" las intenciones que tenía de venderla, para reemplazarla por una mejor. Desde ese día nunca volvió a ser la misma, incluso atacaba a la gente, pero nunca pensé que me abandonaría y que me dejaría como un simple peatón.
A la "Chanchi" la extraño, recorrimos cielo, mar y tierra y ahí estaba, con sus pies descentrados, pero fiel. Pobre "Chanchi", en estos momentos seguramente estás descuartizada y lo más probable es que tus osamentas estén siendo vendidas en el persa.
"Chanchi" no te preocupes, he interpuesto una denuncia por presunta desgracia, por lo que creo que te encontraré luego. Estoy tan seguro que te encontraré, como un cesante cuando va a buscar pega, ya que la respuesta de "mi cabo" fue la siguiente: "cualquier cosa, lo llamaremos", aquellas palabras me dieron una esperanza única e indescriptible.
"Chanchi" cuando te encuentren estoy seguro que me avisarán, ya que "mi cabo" anotó: "extravío de bicicleta". Jamás supo tus medidas, tu color de piel, tus características únicas y mucho menos el número de tu serie.
Tengo fe, no te preocupes, te reconocerán.
¡Chanchi te extraño!

01 diciembre 2006

El invento desechable

Para un buen deportista de fin de semana, el día domingo se hace ideal para salir a pedalear. Junto a un grupo de amigos, todos deportistas ocasionales, decidimos salir rumbo al cerro San Cristóbal. El día se veía claro por el sol matutino, pero oscuro por las nubes en el horizonte que comenzaban a cubrir la ciudad. Las ráfagas de aire cálido me hacían sentir en el ojo del huracán Katrina o algo así.
Ese día salí a la calle con mi última innovación: una novedosa caja de zapato sobre la parrilla, para transportar pequeñas cosas, a modo de maletera automotriz. Era bastante cómoda, podía guardar un sinnúmero de cosas, las que quedaban herméticamente protegidas y cubiertas por la tapa de la caja.
Comenzó el ascenso al cerro y a mitad de camino viramos hacia el sector de La Pirámide, lugar donde debíamos llegar. Estando arriba, el sol desapareció y las nubes nos comenzaron a sonreír tímidamente. La verdad es que las nubes no tenían ninguna obligación en sonreír, ya que nos gustara o no, igual íbamos a quedar empapados. Lo cierto es que hasta ese momento mi caja era la admiración de todos, ya que nadie discutía su originalidad y practicidad. Cuando me percaté que la lluvia era inminente y ya no alcanzaba a llegar seco a la casa, comencé una loca carrera por impermeabilizar mi hermosa caja, tecnología que yo aún no lograba desarrollar. Para ello, nada mejor que bolsas de nylon. Pero como la caja no ingresaba en ninguna de ellas, con la ayuda de tijeras comenzó el desarme de las bolsas y con ayuda de cinta adhesiva, el pegado. El trabajo fue bastante rudimentario y folclórico. Cuando comenzaron a caer las primeras gotas, la labor estaba casi completa, sin embargo necesité un par de minutos adicionales para terminar el sellado. Sacar algo de la caja era toda una proeza, ya que quedó tan bien cerrada que para abrirla casi se necesitaba de un cerrajero. Pero al terminar, las gotas ya no eran tales y la situación se transformó en una tormenta de los mil demonios.
La bajada del cerro fue impresionante. Mis lentes se empañaban cada vez más y como no tenían antiempañante, mi visión fue casi nula. Con pura intuición iba avanzando en el camino. Al llegar a la primera parada, noté que la impermeabilización de mi querida caja ya no era lo suficiente para la copiosa lluvia, por lo que el noble material de cartón, tristemente comenzó a ceder y la forma cuadrada de la caja se adaptó a las cosas que traía en su interior. Mi experiencia como diseñador e ingeniero fue traumática.
Llegué a casa con mi invento hecho puré, literalmente. Todo lo que iba en su interior parecía estar envuelto en una inmensa masa de papel maché. Con la cara entre las manos, hacía pucheros por el fracaso de mi invento, al tiempo que veía como goteaba la caja. Creo que ya no era lluvia, más bien parecía el llanto de las cosas mojadas que iban en su interior, que por un instante se ilusionaron con viajar cómodamente en primera clase. Por ahora deberán volver a ser amarradas en la parrilla con sogas elasticadas, como un lomo de cerdo a punto de ingresar al horno, mientras yo craneo la próxima invención ciclística.

15 noviembre 2006

Pastelero a tus pasteles

Apurado como siempre, cruzo la casa velozmente en busca de la "Chanchi" para pasar a recoger a una amiga y llevarla hasta su colegio. Antes de pasar el umbral de la puerta, mamá me detiene pidiéndome pasar a comprar pasteles antes de regresar. Iba tan apurado que solo atiné a preguntar cuántos, a lo que mamá me respondió tranquilamente, "una docena".
Mientras pedaleaba maduraba un poco más la idea. "Una docena de pasteles, ¿dónde diablos los llevo? Tendré que llevármelos puestos" , pensaba.
Pasé por mi amiga y luego por la pastelería. Pedí la famosa docena de pasteles que pedí bien envuelta. En un comienzo, mi amiga sentada en la parrilla, no exenta de dificultades, los sostenía. Yo trataba de conducir con precaución para que la crema no se derramase.
Dejé a mi amiga en su colegio debiendo ingeniármelas para llegar a casa con los pasteles sanos y salvos. A ratos me veía en la cuerda floja, cargado como ekeko, como en el mejor circo del mundo. Con el calor, los pasteles en una mano, la dirección en la otra y el equilibrio en franca mejoría, mi cuerpo ya estaba más mojado que tapa de olla.
Ya con el equilibrio dominado, me dirigía ágil por la principal avenida de la ciudad. El tráfico era una locura. Yo seguía por mi pista detrás de una camioneta. Con mi mano derecha manejaba, pasaba cambios y accionaba el freno trasero. Al llegar a un cruce se enciende la luz amarilla y dije "si pasa la camioneta, yo también". Apuré la marcha y ocurrió lo que no tenía que ocurrir. La camioneta no pasó, ¡frenó! Mis reflejos se activaron, bloqueé la rueda trasera y en cámara lenta veía como ésta se deslizaba sobre el cemento, como se acercaba la camioneta a mí y como me estrellaba contra ella sin nada que hacer. Sólo atiné a levantar los pasteles para que no se estropearan dejándolos sobre el pick-up de la camioneta. La "Chanchi" había incrustado salvajemente uno de sus cachos en el foco trasero del vehículo. Por poco no me dio la corriente, y de haberme dado, sí que hubiese sido complicado volver a hacer equilibrio. Tragué saliva mientras veía al chofer, una mole como de 200 kilos, acercarse a mí. Pensé, "se salvaron los pasteles, pero ahora a mí me muelen a golpes". Aguardé un minuto, el tipo me miró, miró su vehículo y para mi sorpresa sólo me dijo que tuviera más precaución. Moví la cabeza en un gesto de aceptación, ya que no me salía el habla. Entre tanto, el semáforo seguía en rojo y los pasteles arriba de la camioneta. Al momento de sacar el cacho de la "Chanchi" incrustado en el foco, éste calló al suelo y se partió en mil pedazos. Me hice el desentendido, esperé la luz verde y seguí como si nada hubiese ocurrido recurriendo nuevamente a mis dotes de equilibrista.
Llegué a casa, estaba pálido, con la mano derecha acalambrada y la izquierda adormecida de tanto estar en alto sosteniendo la bandeja de pasteles, que finalmente llegaron intactos. Mamá me miró y acotó:
- ¡Qué te demoraste! ¿Y? ¿Me trajiste los pasteles?

01 noviembre 2006

El Suplicio de una Tándem

Las vacaciones familiares están llenas de buenas intenciones, pero sin hermanos ni amigos, ni tampoco la "Chanchi", lo cierto es que llega un punto en que se transforman en una soberana lata.
En un día de paseo por un remoto pueblo encontré algo de diversión. En plena plaza había nada más ni nada menos que un local cuyo negocio era el arriendo de bicicletas. La verdad es que no se veían en muy buenas condiciones, incluso parecía que las lubricaban con aceite de motor, pero ante unas vacaciones tan aburridas, no dudé en arrendar una de ellas. Sólo había un inconveniente: la bicicleta que conseguí era una tándem para dos personas. La única persona que me podía acompañar era mi padre.
Rápidamente comencé a recordar que la última vez que papá había andado en bicicleta, por lo que cuentan las historias familiares, fue hace cerca de cincuenta años cuando iba de pasajero y metió una pata a los rayos, terminando de guata en un canal. Por mi cuerpo corrió adrenalina y mientras que mi padre sólo atinó a tragar saliva, al saber que sería el segundo pasajero de la tándem.
Comencé a pedalear; papá ayudaba súper poco. A medida que aumentaba la velocidad escuchaba el murmullo de unos rezos y unos gritos desesperados que decían "¡para hijo, por favor, más despacio!".
Yo tenía en mis manos la dirección y los frenos de la bici, y por cierto la vida de papá también.
Yo iba feliz, aceleraba más y más. Marchábamos por un camino de ripio donde la bici crujía por completo, cosa que también hacía papá.
Llegó el momento de regresar. Por ningún motivo iba a detener la bicicleta para ubicarla en dirección contraria, pues temía que papá no se volviese a subir y prefiriese regresar a pie. Haciendo malabares como equilibrista, logré dar la vuelta en un camino en extremo angosto y ante el refunfuño de ya saben quién.
Al regreso mamá esperaba pacientemente. Llegamos más sudados que caballo de bandido, yo por el pedaleo y papá por el nerviosismo, que además lo traía pálido y con tercianas.
En la noche, papá sólo se quejaba. Le dolía el trasero, la espalda, las piernas y las manos. Todo fue un fiasco para él. Mientras yo agradecía el paseo, papá juraba a los cuatro vientos que no volvería a subirse a una bicicleta por lo menos dentro de los próximos cincuenta años.

15 octubre 2006

Grabadoras adivinas

Tenía que llegar rapidísimo al centro de Santiago. Pedaleaba con toda la furia contenida en mí, hasta el punto de sentir un dolorcillo en los muslos por la fuerza impresa a los pedales.
Inoportuno como siempre, sonó mi teléfono celular justo antes de llegar a un concurrido cruce capitalino. Como todo conductor, debía contestar y seguir al volante. Era necesario, quizás me avisarían que no tenía sentido tanto apuro, que mi atraso no tenía importancia, o que simplemente la cita se cancelaba.
Continuaba pedaleando intentando meter una mano, forrada con un grueso guante, a un pequeño bolsillo de mi pantalón, en busca de aquel aparato que chillaba y chillaba. Lo tomé y lo jalé con una fuerza tal que mi teléfono voló por los aires, rebotó en el pavimento y se descuartizó en tres partes, exactamente al medio del concurrido cruce.
Estupefacto, frené en un segundo y ante mi asombro, vi como una docena de vehículos, entre autos, camiones y buses, pasaron sobre las piezas a toda velocidad sin pisar ninguna de ellas. Con astucia me lancé a plena calle, recogí batería, chip y teléfono, logrando por fin armarlo.
Milagrosamente el teléfono se encendió y continuó su funcionamiento como si nada hubiese ocurrido.
Me monté sobre la “Chanchi” y seguí mi camino, esforzándome aún más por llegar a la hora.
En unos instantes mi teléfono volvió a sonar. Esta vez era un mensaje de texto que se leía: “Ud. tiene 1 nuevo mensaje en su buzón de voz...”. Mientras pedaleaba, marqué al buzón de voz esperando escuchar alguna voz que calmara mi agitado viaje. La fatalidad no podía ser peor, una dulce voz se oía: “Estimado usuario, su compañía de telefonía celular le ofrece un seguro para su equipo contra golpes y caídas, si desea contratarlo presione 1...”.

30 septiembre 2006

Remedio

Me había levantado como de costumbre a las 6:30 de la mañana para ir camino al colegio, pero ese día había algo que me incomodaba y no fue sino que hasta las 7:00 A.M. en que pude comprobar la causa. La incomodidad era sonora: la nunca bien ponderada lluvia golpeaba los cristales y el techo.
Me apuré en tomar el desayuno con la idea de caminar bajo un paraguas hacia el colegio en vez de hacerlo como todos los días en bicicleta, para no mojarme tanto.
La posibilidad más aterrizada era tomar micro, pero ya lo había decidido y debía caminar. La primera cuadra no hubo mayores problemas a excepción de un par de adoquines sueltos que al pisarlos, irremediablemente, soltaron agua hacia el otro zapato; en fin había que seguir caminando.
El primer gran obstáculo fue, sin duda, un pequeño canal que se formó en la pista norte de una de las principales avenidas de la ciudad, Irarrázaval, de aproximadamente un metro y medio de ancho. Parado frente a él había que elegir - ¿qué pie sacrificar para meter al agua?-. Como el tiempo no era mucho en un dos por tres, pie al agua y a la vereda. Continué caminando con mi pie mojado y esa extraña sensación de sentirlo dormido por el frío.
Como si fuera poco tenía que caminar rapidito, ya que al llegar al colegio me esperaría un examen a rendir. Proseguí mi camino y al cabo de media hora me percaté que el leve viento que corría, había hecho de mi paraguas un elemento inútil; mi pantalón se encontraba hecho sopa y el chaleco comenzaba a humedecerse. Además, mis piernas congeladas me vaticinaban un resfrío por el resto del invierno.
En mi recorrido por las calles de Ñuñoa y Providencia me topé con algunos ciclistas, provistos de buenos trajes de agua (de esos amarillos) y atacando raudamente la lluvia. Francamente los envidiaba, ya que para no mojar mi uniforme preferí dejar mi vehículo en casa. Ya me faltaba un par de cuadras para llegar al colegio.
Al llegar a la sala de clases comprobé el lamentable estado en el que me encontraba: caminaba y el agua salía a presión de mis zapatos; los pantalones grises estaban negros por el agua que estilaba; y el chaleco estaba fofo y a duras penas sobreviviría hasta fin de año.
Después de caminar 45 minutos me puse a reflexionar: "si mejor hubiese venido en bicicleta me habría demorado 10 minutos y estaría seco, ya que habría traído ropa de recambio. Para evitar la lluvia me pregunto que fue peor ¿el remedio o la enfermedad?"

15 septiembre 2006

Mi primera compañera

Llegó a mis manos producto de un error de despacho. Yo esperaba una bicicleta roja, y al llegar a mi casa, para mi sorpresa, desembalo un vehículo en tonos verde oscuro, con letras doradas y sus partes íntimas cromadas. Reclamé hasta el cansancio, pero no hubo cambios ni devoluciones. La “Chanchi”, aquella bicicleta verde, pasó a formar parte de mi vida.
A medida que el tiempo pasó nos hicimos inseparables, fiel como ninguna y solidaria con el forastero (sobre todo a la hora de llevar pasajeras en su parrilla), la “Chanchi” marcó una etapa en mi existir que nadie borrará.
Mientras comenzamos a desarrollar nuestras aventuras, noté que la “Chanchi” necesitaba entrar a pabellón. Por falta de presupuesto sus intervenciones debieron ser múltiples, ya que nunca pude con sus gastos médicos de una sola vez. Sus tratamientos fueron principalmente estéticos, aunque una vez debió ser intervenida por una fractura en su eje delantero causada por sobre peso.
Lamentablemente debo reconocer que no fui el dueño que ella se merecía, la maltrataba en exceso, al punto de bajar cuanta escalera se cruzaba. Pero ahí estaba ella, resistiendo los embates de la vida, sabiendo que no podía enfermarse, ya que por carecer de dinero y cobertura de salud, cualquier afección significaría su más completo abandono.
La “Chanchi” es única, nunca se ha sentido amilanada por esas máquinas de aluminio ni por aquellas con elementos hidráulicos, sabía que cuando nos proponíamos algo, lo lográbamos. Llegamos a la cumbre de muchos cerros y en el camino, a gran velocidad, dejamos a muchos de sus lujosos competidores atrás.
La “Chanchi” es para muchos una cualquiera, sin nada espectacular por lo cual voltear las miradas. Para mí, es la compañera fiel, la más grande, la mejor, la más bella. Puede que exagere, pero han de saber que todo esto es tan solo una cosa sentimental.

27 julio 2006

Felipín Bombín

¡Ya está bueno, basta! Me cansé de estar sentado mirando televisión, de sentir que mi cuerpo no tiene nada que envidiarle a una vieja botella de “Fanta”, de soñar con la dieta que comienza el próximo Lunes, y más importante aún, no disponer del tiempo necesario para apreciar lo que me rodea y disfrutar las cosas simples de esta vida.
A partir de mañana ya no tendré que rezar cada vez que necesite hacer parar una micro, por el simple hecho de usar uniforme escolar. Ya no tendré que andar apretado como un fardo de paja aguantando olores a axila y escuchando al chofer reclamar hasta el cansancio para lograr meter más pasajeros a su tormentosa máquina.
A partir de mañana conoceré la furia de todos los automovilistas, aspiraré los saludables gases que emiten los tubos de escape, aprenderé del descriterio de muchos de los personajes con los que nos topamos día a día, conductores, peatones, ciclistas, carabineros, y más. Pasaré a ser de un habitante pasivo, a un constructor activo de esta urbe que nos cobija. He decidido entender el sistema urbano desde una perspectiva íntima y participativa.
A partir de mañana mi bicicleta será una extensión de mi cuerpo, seremos cómplices en todas nuestras aventuras y por sobre todo, comenzaré a acariciar la libertad de decidir mi rumbo, ya sea en las calles como en mi vida.
La verdad es que no empezaré mañana, sino que desde ya estoy rodando por mi libertad.

 
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