Camino al mirador
Desde hacía un tiempo que le venía insistiendo a una amiga para que saliéramos a dar un paseo en bicicleta. Siempre su respuesta era esquiva, por una parte no tenía bicicleta y por otra hacía menos ejercicio que la mandíbula superior.
Una noche me llama no muy convencida, para decirme que se había conseguido bicicleta y quería salir conmigo. Yo no podía creerlo. La pasé a buscar en menos de cinco minutos y le dije que la llevaría a dar un paseo que jamás olvidaría.
Yo no encontré nada mejor que ir hacia la parte alta de la ciudad, con la excusa de llegar a un mirador. La verdad es que había que ser bien bruto para llevar a una principiante a pedalear por grandes subidas, teniendo una ciudad plana, entera a nuestros pies. Pero ya estaba.
Al poco de comenzar la subida, mi amiga ya no daba más. Yo intentaba darle ánimo, descansábamos cada una cuadra y la instaba a seguir. Al doblar por una calle, una subida se hacía interminable, de esas que uno no desea encontrárselas nunca, siendo un verdadero balde de agua fría para las pocas energías que quedaban. Yo, con una mezcla entre galantería y presuntuosidad, le ofrecí empujarla cuesta arriba. No le salía el habla, por lo que su rotundo silencio interpreté como un sí. Con mi mano derecha muy en la parte inferior de la espalda, ya que así se hace mejor la fuerza (al menos eso le dije), comencé a darle duro a los pedales para poder alcanzar la cumbre.
Mi amiga sólo tenía que mantener la dirección derecha y firme. Era simple, o al menos lo parecía. Cuando ya sólo faltaban metros para llegar al mirador, nuestro paseo se vino a negro, los manubrios de nuestros vehículos se golpearon, mi amiga perdió el equilibrio y finalmente terminó besando el pavimento de forma trágica. Su rostro era un charco de sangre, su nariz estaba rota, su frente con rasmillones y dos de sus dientes lejos de su boca.
Yo estaba consternado y asustado a la vez. No sabía que hacer. Un lindo paseo terminaba en una verdadera tragedia. Pasado un rato, entre sollozos y el pasar indiferente de los automovilistas, llegó la ambulancia partiendo de urgencia al centro asistencial mientras yo me quedaba sólo junto a las dos bicicletas.
Después de un tiempo, mi amiga se recuperó. Recuperó hasta su flojera, añadiendo a sus excusas para no pedalear, el peligro que represento para ella, aunque nunca sabré si los motivos son por el accidente o por mi mano indiscreta a la hora de empujarla. Sólo puedo dar fe de que el paseo realmente fue inolvidable, tal como lo había prometido, aunque fuese a costa de las estrellas que pudo ver con el golpe que se dio.

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