Pastelero a tus pasteles
Apurado como siempre, cruzo la casa velozmente en busca de la "Chanchi" para pasar a recoger a una amiga y llevarla hasta su colegio. Antes de pasar el umbral de la puerta, mamá me detiene pidiéndome pasar a comprar pasteles antes de regresar. Iba tan apurado que solo atiné a preguntar cuántos, a lo que mamá me respondió tranquilamente, "una docena".
Mientras pedaleaba maduraba un poco más la idea. "Una docena de pasteles, ¿dónde diablos los llevo? Tendré que llevármelos puestos" , pensaba.
Pasé por mi amiga y luego por la pastelería. Pedí la famosa docena de pasteles que pedí bien envuelta. En un comienzo, mi amiga sentada en la parrilla, no exenta de dificultades, los sostenía. Yo trataba de conducir con precaución para que la crema no se derramase.
Dejé a mi amiga en su colegio debiendo ingeniármelas para llegar a casa con los pasteles sanos y salvos. A ratos me veía en la cuerda floja, cargado como ekeko, como en el mejor circo del mundo. Con el calor, los pasteles en una mano, la dirección en la otra y el equilibrio en franca mejoría, mi cuerpo ya estaba más mojado que tapa de olla.
Ya con el equilibrio dominado, me dirigía ágil por la principal avenida de la ciudad. El tráfico era una locura. Yo seguía por mi pista detrás de una camioneta. Con mi mano derecha manejaba, pasaba cambios y accionaba el freno trasero. Al llegar a un cruce se enciende la luz amarilla y dije "si pasa la camioneta, yo también". Apuré la marcha y ocurrió lo que no tenía que ocurrir. La camioneta no pasó, ¡frenó! Mis reflejos se activaron, bloqueé la rueda trasera y en cámara lenta veía como ésta se deslizaba sobre el cemento, como se acercaba la camioneta a mí y como me estrellaba contra ella sin nada que hacer. Sólo atiné a levantar los pasteles para que no se estropearan dejándolos sobre el pick-up de la camioneta. La "Chanchi" había incrustado salvajemente uno de sus cachos en el foco trasero del vehículo. Por poco no me dio la corriente, y de haberme dado, sí que hubiese sido complicado volver a hacer equilibrio. Tragué saliva mientras veía al chofer, una mole como de 200 kilos, acercarse a mí. Pensé, "se salvaron los pasteles, pero ahora a mí me muelen a golpes". Aguardé un minuto, el tipo me miró, miró su vehículo y para mi sorpresa sólo me dijo que tuviera más precaución. Moví la cabeza en un gesto de aceptación, ya que no me salía el habla. Entre tanto, el semáforo seguía en rojo y los pasteles arriba de la camioneta. Al momento de sacar el cacho de la "Chanchi" incrustado en el foco, éste calló al suelo y se partió en mil pedazos. Me hice el desentendido, esperé la luz verde y seguí como si nada hubiese ocurrido recurriendo nuevamente a mis dotes de equilibrista.
Llegué a casa, estaba pálido, con la mano derecha acalambrada y la izquierda adormecida de tanto estar en alto sosteniendo la bandeja de pasteles, que finalmente llegaron intactos. Mamá me miró y acotó:
- ¡Qué te demoraste! ¿Y? ¿Me trajiste los pasteles?
Mientras pedaleaba maduraba un poco más la idea. "Una docena de pasteles, ¿dónde diablos los llevo? Tendré que llevármelos puestos" , pensaba.
Pasé por mi amiga y luego por la pastelería. Pedí la famosa docena de pasteles que pedí bien envuelta. En un comienzo, mi amiga sentada en la parrilla, no exenta de dificultades, los sostenía. Yo trataba de conducir con precaución para que la crema no se derramase.
Dejé a mi amiga en su colegio debiendo ingeniármelas para llegar a casa con los pasteles sanos y salvos. A ratos me veía en la cuerda floja, cargado como ekeko, como en el mejor circo del mundo. Con el calor, los pasteles en una mano, la dirección en la otra y el equilibrio en franca mejoría, mi cuerpo ya estaba más mojado que tapa de olla.
Ya con el equilibrio dominado, me dirigía ágil por la principal avenida de la ciudad. El tráfico era una locura. Yo seguía por mi pista detrás de una camioneta. Con mi mano derecha manejaba, pasaba cambios y accionaba el freno trasero. Al llegar a un cruce se enciende la luz amarilla y dije "si pasa la camioneta, yo también". Apuré la marcha y ocurrió lo que no tenía que ocurrir. La camioneta no pasó, ¡frenó! Mis reflejos se activaron, bloqueé la rueda trasera y en cámara lenta veía como ésta se deslizaba sobre el cemento, como se acercaba la camioneta a mí y como me estrellaba contra ella sin nada que hacer. Sólo atiné a levantar los pasteles para que no se estropearan dejándolos sobre el pick-up de la camioneta. La "Chanchi" había incrustado salvajemente uno de sus cachos en el foco trasero del vehículo. Por poco no me dio la corriente, y de haberme dado, sí que hubiese sido complicado volver a hacer equilibrio. Tragué saliva mientras veía al chofer, una mole como de 200 kilos, acercarse a mí. Pensé, "se salvaron los pasteles, pero ahora a mí me muelen a golpes". Aguardé un minuto, el tipo me miró, miró su vehículo y para mi sorpresa sólo me dijo que tuviera más precaución. Moví la cabeza en un gesto de aceptación, ya que no me salía el habla. Entre tanto, el semáforo seguía en rojo y los pasteles arriba de la camioneta. Al momento de sacar el cacho de la "Chanchi" incrustado en el foco, éste calló al suelo y se partió en mil pedazos. Me hice el desentendido, esperé la luz verde y seguí como si nada hubiese ocurrido recurriendo nuevamente a mis dotes de equilibrista.
Llegué a casa, estaba pálido, con la mano derecha acalambrada y la izquierda adormecida de tanto estar en alto sosteniendo la bandeja de pasteles, que finalmente llegaron intactos. Mamá me miró y acotó:
- ¡Qué te demoraste! ¿Y? ¿Me trajiste los pasteles?

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